El mundo digital dejó hace tiempo de ser un “espacio aparte” de la vida real. Hoy, navegar, conversar, compartir y aprender en línea forma parte de nuestra rutina cotidiana. Sin embargo, aún persiste la idea de que en Internet “todo vale” y que la convivencia no aplica de la misma manera que en la calle, en el transporte o en una tienda. Frente a este mito, desde el programa Navegando Libres por la Red del Taller de Comunicación Mujer, su coordinadora, Susana Godoy, plantea el concepto de Internet feminista como una ruta necesaria y urgente.
“Queremos un espacio digital libre de violencia, donde el cuidado y la forma en la que nos relacionamos también importen”, señala. El término bebe de décadas de trabajo de organizaciones de derechos humanos, movimientos feministas, transfeministas, antirracistas y colectivos que exigen que la tecnología sea diseñada pensando en quienes más riesgos enfrentan: mujeres, niñas, adolescentes, personas LGBTI, comunidades indígenas, personas migrantes y usuarias con discapacidad.
Una Internet feminista, explica Godoy, pone al centro preguntas esenciales:
¿Quién diseña las plataformas que usamos? ¿Qué experiencias están siendo consideradas? ¿Qué mecanismos existen para prevenir la violencia? ¿Cómo nos afectan los algoritmos y la inteligencia artificial?
La respuesta más honesta, dice, es que la mayoría de sistemas digitales fueron creados sin incorporar estas realidades, y que hoy las grandes empresas tecnológicas determinan —en buena medida— cómo nos relacionamos en línea. Por eso, el objetivo es claro: regulaciones basadas en derechos humanos, enfoque de género e interseccionalidad, capaces de garantizar que Internet sea un espacio de bienestar social y no solo de lucro.
Violencia digital: un fenómeno real, creciente y aún difícil de nombrar
Aunque la violencia digital es un término cada vez más presente, aún no existe un consenso regional para nombrar todas sus formas. En América Latina conviven anglicismos, definiciones parciales y categorías que varían de país en país. Pero, más allá de las etiquetas, la realidad es contundente: la violencia digital afecta sobre todo a mujeres, niñas y adolescentes, y se manifiesta en múltiples expresiones.
La más frecuente es la violencia sexual digital, un paraguas que incluye varias agresiones graves:
- Difusión de contenido íntimo sin consentimiento, un daño que genera profundas consecuencias emocionales, sociales y económicas.
- Acoso de naturaleza sexual, desde mensajes insistentes hasta comentarios humillantes que incluyen insultos de género.
- Envío de imágenes o propuestas sexuales no solicitadas, ya sea por desconocidos o personas cercanas.
- El famoso grooming, es decir, el contacto de personas adultas hacia menores con fines sexuales o de extorsión.
- Explotación sexual digital de niñas, niños y adolescentes, un problema creciente a escala regional.
Godoy advierte que, según un estudio reciente de ONU Mujeres —aún no publicado pero revisado por su equipo—, los casos de captación para trata con fines de explotación a través de plataformas digitales han aumentado en los últimos años. Esto demuestra que la violencia digital no es un juego, ni un malentendido: es una agresión real con consecuencias que atraviesan la vida cotidiana, el bienestar emocional y la seguridad física.
Prevenir sí es posible: el cuidado digital como práctica colectiva
Frente a esta realidad, la especialista llama a desmontar una idea que todavía circula: que cada persona debe “protegerse sola” en Internet. La prevención, afirma, es colectiva y requiere políticas públicas, regulaciones claras, educación digital y responsabilidad de las plataformas tecnológicas.
No obstante, algunos pasos pueden marcar la diferencia:
- Cuestionar lo que consumimos y compartimos. Preguntarnos si afecta la dignidad de alguien.
- Configurar la privacidad, especialmente en perfiles de niñas, niños y adolescentes.
- Hablar en casa y en la escuela sobre los riesgos digitales, sin miedo ni estigmas.
- Denunciar cuando ocurra violencia: cada reporte permite rastrear patrones y presionar por cambios estructurales.
“Todo lo que pasa en Internet forma parte de los derechos humanos”, recuerda Godoy. Y, desde esa premisa, insiste en que la transformación es posible si se construye un espacio digital donde el cuidado sea la norma, no la excepción.




