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Solo 2 de cada 10 mujeres denuncian violencia de género: cómo romper las codependencias y construir nuevas masculinidades para relaciones más sanas

Violencia de género

Para Margarita Carranco, presidenta de la Fundación Abriendo Caminos (ABRICAM), la violencia de género no se detiene mientras las mujeres sigan atrapadas en dos cadenas invisibles: la codependencia económica y la codependencia emocional.

Desde su experiencia como exsubdirectora nacional de Género en el Consejo de la Judicatura, revela una cifra alarmante: solo el 20% de las mujeres se atreven a denunciar, mientras el 80% permanece en silencio. “Si no atendemos esas dos dependencias, el círculo de la violencia seguirá repitiéndose sin parar”, afirma.

La primera barrera es económica: muchas mujeres dejan su proyecto de vida cuando se casan y dependen del hombre proveedor. “Si me voy, ¿cómo crío a mis hijos?”, se preguntan. La segunda es emocional: acostumbrarse al maltrato y al control. Por eso, Abricam trabaja con un enfoque integral —psicológico, jurídico y social— para evitar la revictimización. “La mujer no quiere contar su historia 10 veces, quiere que le ayuden”, enfatiza Carranco.

Además, insiste en que hay que dejar atrás la visión de los pequeños emprendimientos y fomentar proyectos empresariales reales. “Hay que decirle a la mujer: tú puedes llegar lejos, no te vas a quedar ahí”, subraya.

Relaciones tóxicas: cuando el amor se convierte en control

Identificar una relación tóxica puede parecer sencillo, pero Carranco explica que el control y la violencia emocional muchas veces se disfrazan de cuidado o interés. “Empieza cuando el hombre alza la voz, controla tus salidas, revisa con quién hablas, y te hace sentir que no sirves para nada”, describe.

Esa repetición constante de desvalorización va minando la autoestima de las mujeres y normaliza el abuso. Sin embargo, el cambio también pasa por incluir a los hombres en el proceso de transformación social.

“Durante mucho tiempo, las feministas nos enfocamos solo en las víctimas y dejamos al hombre a un lado. Pero hay hombres corresponsables, respetuosos, que quieren entender su rol”, afirma. De ahí surge la importancia de las nuevas masculinidades, que invitan a los hombres a compartir las tareas del hogar, el rol de proveedor y las decisiones familiares en igualdad de condiciones.

ABRICAM promueve talleres para servidores públicos, organizaciones sociales y empresas donde se trabaja la violencia contra la mujer junto con la reflexión sobre la masculinidad. “Hay hombres que dicen: ‘¿por qué me llaman machista si no lo soy?’. A ellos hay que reconocerlos y motivarlos, porque son parte del cambio”, añade.

Educar para amar sanamente

En Ecuador, Carranco considera que no se enseña a amar de forma sana. La falta de educación emocional y el entorno violento agravan el problema. Por eso, la fundación promueve talleres de inteligencia emocional y autocuidado: “Si yo estoy bien, el resto está bien”.

Más que una “educación sentimental”, Carranco propone un trabajo interior profundo: mujeres que sanan su autoestima, hombres que revisan su manera de amar y relacionarse y comunidades que aprenden a cuidar. “Cuando tú trabajas tu yo interior, puedes cuidar mejor a tu familia, tu trabajo y tu comunidad”, señala.

El machismo también hiere a los hombres

El machismo, recuerda Carranco, no solo daña a las mujeres, sino también a los propios hombres. Es un sistema cultural que se transmite por generaciones: del abuelo al padre y del padre al hijo. “Hay que sanar el sistema familiar. Dejar atrás los patrones de violencia que vienen de los tatarabuelos”, dice.

Además, la sociedad sigue reforzando estereotipos: niñas en la cocina, niños en el fútbol. “Desde pequeños debemos enseñar que ambos pueden cuidar, jugar, trabajar y proveer. Si criamos en igualdad, prevenimos la violencia desde la raíz”, explica.

A ello se suma un problema estructural: el país sigue funcionando con lógicas verticales, donde “el que está arriba manda y los demás obedecen”. La falta de campañas nacionales de prevención y de mensajes constantes en los medios agrava el problema.

“El número de femicidios ha crecido porque hay menos prevención”, advierte Carranco. “Si trabajamos desde la educación, la comunicación y la comunidad, podremos reducir la violencia y promover masculinidades sanas que rompan con el pasado”.

El cambio empieza en casa

Para Carranco, transformar los patrones culturales no es una tarea exclusiva de las instituciones, sino un compromiso compartido. Los hombres que se cuestionan, las mujeres que se empoderan y las familias que educan en igualdad son el punto de partida.

“Lo primero es darse cuenta”, concluye. “Darse cuenta de que he sido machista o víctima de violencia, pero puedo cambiar. Porque sí es posible construir relaciones libres, respetuosas y corresponsables. Y ese cambio empieza en cada uno de nosotros.”

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