Por: Héctor Calderón
Les planteo una interrogante para empezar este artículo: ¿Creen ustedes que la inclusión de niños y jóvenes en el crimen organizado se va a resolver juzgándolos como adultos?
Hace unas semanas, el presidente Daniel Noboa firmaba un decreto en el que se establecía como prioridad nacional el evitar que los menores de edad sean captados por las bandas delincuencias. Pero ¿es esto posible, si unas semanas después sus asambleístas plantean endurecer las penas para esos niños involucrados con delincuentes?
La respuesta más fácil, y digna de la extrema derecha y sus actitudes fascistas, será que sí. Pero para quienes creemos que el Estado es responsable de abandonar a estos niños y jóvenes, la respuesta será un rotundo no. En lugar de pensar en endurecer las penas para los menores, el Gobierno, la Asamblea deberían pensar en políticas, en mecanismos que aseguren que los niños y jóvenes no vean a las bandas como una opción de vida; sino que tengan oportunidades de estudiar, de hacer deporte, de pensar en su futuro. El Estado no debe abandonarlos más de lo que ya ha hecho, ellos son víctimas de la falta de oportunidades, del aislamiento, del olvido.
Es fácil desde una curul, desde un micrófono el pedir cadena perpetua para un niño de 14 años, es fácil desde los privilegios plantear una limpieza de la sociedad. El endurecer las penas no alejará a los niños y jóvenes de la delincuencia, el darles oportunidades, opciones de vida sí lo hará.
Hoy el gobierno y la asamblea usan el populismo penal para demostrar fuerza y severidad; pero las consecuencias serán más graves. Las prioridades de Carondelet y el Legislativo deberían estar enfocadas en recuperar el tejido social, en mejorar los servicios públicos, en buscar condiciones de equidad. No podemos pretender que los menores no vean a las bandas como una opción, cuando no tienen acceso a educación, cuando no tienen opciones culturales y deportivas, cuando sus padres no tienen empleo o sus familiares enfermos no pueden acceder a medicinas y tratamientos.
Saquemos a los jóvenes de las calles, de la delincuencia, no enviándolos a la cárcel toda la vida, sino permitiéndoles estudiar, formarse, soñar en un futuro diferente al de sus familias.
La opinión de Héctor Calderón




