Por: Felipe Pesantez, Consultor de Politica Sur Analytica
La justificación oficial del conflicto bélico entre Estados Unidos e Israel contra Irán es, en esencia,
una falsedad deliberada. Los argumentos esgrimidos públicamente de “cambiar el régimen islámico iraní” o de adoptar “medidas preventivas para eliminar el programa nuclear iraní y sus misiles balísticos”, resultan tan hipócritas e insidiosas como la propia ilusión de la democracia liberal: un sistema que proclama la igualdad mientras perpetúa jerarquías de derechos y privilegios.
La narrativa sobre el enriquecimiento de uranio con fines militares y la creación de una bomba nuclear iraní es, en rigor, una construcción propagandística. Esta ficción fue instalada desde 1992 por Benjamin Netanyahu (político de origen polaco-israelí y actual ministro de Israel) y ha sido alimentada durante más de dos décadas por este mismo actor junto con sucesivos gobiernos estadounidenses y sus aliados. Los medios de comunicación no son neutros en este proceso: lo que presentan como verdad verificable dista mucho de serlo, y los voceros del trumpismo no constituyen fuentes de credibilidad en sí mismas.
El conflicto bélico entre Estados Unidos e Israel contra Irán tiene su raíz real en otra parte: en la banca central y en la resistencia de este país a integrarse en un sistema financiero global de dinero programable y vigilancia digital. Por más repudiable que pueda resultar el régimen iraní, no está siendo atacado ni por sus armas nucleares ni por sus misiles balísticos. Irán está siendo atacado por negarse a incorporar su banco central a un modelo de gobernanza que busca implementar, a escala mundial, monedas digitales programables e identificaciones digitales interoperables.
En la lógica de los arquitectos de este sistema, Irán representa una “fuga en el sistema”, una
brecha que impide el control total que los bancos centrales pretenden ejercer sobre el flujo
global de capitales y transacciones.
Irán también es blanco estratégico por su importancia crucial para el bloque conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS). Su banco central resulta fundamental para la construcción de un orden mundial alternativo debido a los vastos recursos energéticos y petroleros del país, vitales en particular para China. Este orden multipolar, liderado por los BRICS, aspira a crear un sistema de pagos independiente que reduzca la dependencia frente al control financiero centralizado de Occidente.
La ofensiva contra Irán forma parte, entonces, de un plan de mayor alcance qu esla “integración
forzada al sistema financiero global”, en el cual el dólar funcionaría como moneda única de
referencia. El objetivo es asegurar que los bancos centrales de Irán y Rusia queden
completamente subsumidos dentro de esta red de control. El derrocamiento de regímenes; el
iraní y otros a lo largo de la historia reciente, ha tenido como motivación subyacente la
construcción de esa red.
El mecanismo central de dicho control son los bancos centrales, utilizados para implementar
políticas a través de un sistema de gobernanza opaco, cuya finalidad es controlar las
transacciones financieras en tiempo real mediante algo equivalente a un sistema de crédito
social, empleando el dinero como herramienta de imposición de normas y vigilancia.
La operativización de esta integración forzosa al sistema financiero global se articula en torno al
dinero programable: monedas vinculadas a un conjunto de reglas que son monitoreadas y
aplicadas de manera obligatoria mediante inteligencia artificial y un software especializado. Bajo
este esquema, los bancos centrales tendrían la capacidad de programar el dinero para que
únicamente funcione bajo condiciones específicas.
Una de las funciones más inquietantes de este sistema es el control espacia con la posibilidad
de restringir dónde puede gastar su dinero una persona —o incluso un Estado en relación con
sus reservas—. Dado que prácticamente todas las transacciones y créditos ya se realizan a través
de aplicaciones digitales e internet, la infraestructura para implementarlo está en buena medida
disponible. A modo de ejemplo, podría programarse para que el dinero deje de funcionar si una
persona se aleja más de un kilómetro de su domicilio o intenta salir de una “ciudad de quince
minutos”.
El dinero programable habilita también la aplicación de un sistema de crédito social
individualizado y en tiempo real, con reglas diferenciadas para cada persona —o Estado frente
a sus acreedores—. Si alguien infringe las normas establecidas como las de un confinamiento o
cualquier otra restricción, su acceso al dinero podría bloquearse de manera selectiva, impidiendo adquirir combustible, alimentos, servicios de seguridad o educación. Al controlar el dinero de esta forma, los bancos centrales podrían suplantar las funciones de los poderes legislativos y ejecutivos, ya que ellos mismos generarían y harían cumplir las reglas a través de la moneda.
Este sistema de dominación financiera se asienta sobre tres pilares. El primero es el dinero programable, que constituye el instrumento de ejecución financiera. El segundo es la implementación de una identificación digital interoperable a escala global, diseñada para rastrear a cada individuo en cualquier jurisdicción. El tercero es la construcción de una red de vigilancia masiva que incluye cámaras de seguimiento, torres de telefonía celular dispuestas a pocos metros entre sí y satélites capaces de monitorear continuamente tanto los movimientos físicos como las transacciones económicas.
Nada de esto es comunicado por los medios de comunicación; nacionales ni internacionales, ni
por los voceros oficiales de cada ofensiva como Donald Trump o Benjamin Netanyahu. Tampoco
el gobierno de Ecuador bajo Daniel Noboa es capaz —o tiene la voluntad— de revelar estos
aspectos con respecto al conflicto con Irán, ni sobre la disputa de fondo entre el orden mundial
unipolar representado por Estados Unidos y el orden mundial alternativo y multipolar que
propugnan los BRICS.




