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Una democracia de cartón | Opinión

Una democracia de cartón | Opinión

Por: Héctor Calderón

La democracia no consiste únicamente en depositar un voto cada cuatro años. La verdadera democracia exige algo mucho más importante: que los ciudadanos tengan la libertad de escoger entre distintas ideas, proyectos y liderazgos, en un proceso donde las reglas sean iguales para todos. Cuando esa competencia se debilita, también se debilita la democracia.

En las últimas semanas, varias decisiones de los organismos electorales han reavivado un debate que no puede pasar desapercibido. Desde distintos sectores políticos se sostiene que determinadas resoluciones podrían terminar limitando la participación de movimientos y candidatos en la próxima contienda electoral. Otros consideran que esas decisiones responden únicamente a la aplicación de la ley.

Precisamente, por eso, resulta indispensable que las instituciones actúen con absoluta independencia, transparencia y criterios consistentes. La confianza ciudadana en las reglas del juego es uno de los pilares de cualquier democracia. La preocupación surge cuando la percepción de una parte importante de la sociedad es que la cancha deja de ser pareja. Porque la democracia no funciona cuando un solo actor concentra todas las ventajas. No funciona cuando parece que uno quiere ser dueño del balón, de la cancha, del árbitro y hasta decidir quién puede entrar a jugar. Las elecciones deberían ganarse convenciendo a los ciudadanos. No reduciendo el número de opciones que tienen para elegir.

Las decisiones institucionales que afectan a candidatos o movimientos inevitablemente serán observadas con atención y debatidas por la ciudadanía. Y ahí aparece la pregunta más importante. ¿Dónde quedan los derechos de los ecuatorianos? Porque el derecho político no pertenece únicamente a quienes aspiran a un cargo de elección popular. Pertenece, sobre todo, a los ciudadanos. Son ellos quienes tienen el derecho de elegir libremente a la persona que mejor represente sus ideas, sus intereses y su visión de país.

Cuando las opciones se reducen, no solo pierde un candidato o un movimiento. Pierde la ciudadanía. Pierde la confianza en las instituciones. Y pierde la democracia.

La fortaleza de un gobierno no se demuestra cuando compite sin rivales. Se demuestra cuando acepta competir en igualdad de condiciones, respeta las reglas y obtiene el respaldo de los ciudadanos en las urnas. Porque una democracia fuerte no es aquella donde siempre gana el poder; es aquella donde todos tienen la posibilidad real de competir y donde la decisión final pertenece, exclusivamente, a los ciudadanos.

La democracia no puede convertirse en un partido donde uno solo sea dueño del balón, de la cancha y del árbitro. Porque cuando alguien juega sin rival, ya no está compitiendo. Simplemente está administrando una victoria sin democracia.

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