Por: María Eugenia Molina. Doctora Ph.D. en Comunicación. Consultora, académica
Este 13 de noviembre de 2025 no es una fecha cualquiera, es el día en que se cumplen 4 décadas de una de las catástrofes más grandes de la historia reciente, la del municipio de Armero, departamento de Tolima en la vecina Colombia, donde el volcán Nevado del Ruiz hizo erupción la noche del 13 de noviembre de 1985, grandes cantidades de lahares descendieron desde los glaciares del volcán a gran velocidad, arrasando todo a su paso y llegaron a la población en un poco más de dos horas, según un estudio realizado por la Universidad Nacional de Colombia, fueron alrededor de 100 millones de metros cúbicos de lodo los que cubrieron la población de Armero y poblados cercanos.
Las cifras de muertos oscilan entre los 23.000 y los 25.000, además de 4.000 personas desaparecidas, cabe mencionar que, para la fecha, Armero contaba con 29.000 habitantes; los equipos de rescate lograron llegar al lugar luego de, al menos, 12 horas de lo ocurrido dada la gran complicación para moverse en medio del lodo, escombros, cadáveres… poco, casi nada se podía hacer en ese punto de los acontecimientos, lo que se debió realizar no se lo hizo y las consecuencias fueron devastadoras.
Una cronología de los hechos
Si bien es cierto que los fenómenos naturales no son evitables, también es verdad que se puede hacer prevención, gestión y mitigación para evitar que se produzcan tragedias como la de Armero; corría el año 1985 y Colombia no contaba con la institucionalidad necesaria para el manejo de riesgos, pese a que, al igual que Ecuador, forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, ello llevó a que miles de habitantes de poblaciones de Caldas y Tolima fueran afectados de manera brutal por las fuerzas de la naturaleza, la vulnerabilidad de estos sectores era notoria pues la historia de erupciones del Ruiz data de 1595 y 1845 con eventos muy fuertes, además de otras erupciones de menor tamaño, pero que dieron cuenta de la permanente actividad del volcán, claro que sin la pérdida enorme de vidas humanas, debido a que Armero fue fundada en 1895.
En diciembre de 1984 el Ruiz empieza a dar varias señales de alerta con ruidos y sismos , fuerte olor a azufre, fumarolas y manchas en la nieve, frente a los hechos se hacen advertencias desde la Oficina de Naciones Unidas para el Socorro, pero estas son difundidas recién luego de 2 meses en un diario local como una nota de poca importancia, recordemos que en esa década la violencia en Colombia ocupaba los principales espacios de los medios y la atención de autoridades y población en general, otro motivo por el que pasaron inadvertidos los avisos del volcán, en marzo se realiza un evento abierto al público desde la academia, en el cual se compartió con los asistentes las señales de actividad creciente del volcán.
En mayo se reitera el pedido de atención por parte del delegado de Naciones Unidas debido al riesgo creciente sobre las zonas habitadas, que, claramente, no fue atendido; en julio, la población puede percibir las señales del volcán, frente a ello las autoridades locales empiezan a solicitar ayuda y equipos para monitorear al volcán, en agosto llega un vulcanólogo del Cuerpo Suizo de Socorro quien empieza a instalar algunos equipos usados que se pudieron conseguir, ello con la ayuda de investigadores de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, pero el gobierno nacional a cargo de Belisario Betancur no le dio importancia a lo que pasaba en este sector del país, sus prioridades eran otras.
A finales de septiembre, los pocos científicos que lograron acceder al sector solicitaron a las autoridades empezar a preparar a la población frente a la inminencia de la erupción, la atención para los evacuados entre quienes debían estar los habitantes de Armero y sus zonas circundantes, mientras, los tremores que salían del volcán eran muy fuertes, las columnas de vapor superaban los 10 kilómetros, por ende, notorios para la población, pero el gobierno de ese entonces hizo caso omiso de todas estas alertas, pues dirigía una Colombia convulsionada, con distintos actos terroristas que ocupaban su atención, la de sus ministros y cuerpos de seguridad.
Pese a lo elemental de los equipos con los que contaban, en octubre se presentó un “Mapa Preliminar de Riesgo Volcánico Potencial del Nevado del Ruiz”, ejecutado por INGEOMINAS, el cual fue entregado a las autoridades civiles y militares, Defensa Civil, medios de comunicación; los científicos siguieron realizando los análisis mientras no hubo medidas para proteger a la población, no se dio una evacuación, y el miércoles 13 de noviembre de 1985 anuncian el inicio de la erupción, los flujos de lodo descendían con toda su fuerza mientras la población continuaba en Armero, en unas horas las vidas de 25.000 personas fueron segadas por la falta de previsión, mitigación, educación, atención e irresponsabilidad de quienes tenían que protegerlas.
Aprender de los errores es una buena manera de evitarlos
En países como el nuestro y frente a distintos tipos de fenómenos naturales a los que estamos expuestos, la preparación, prevención y la mitigación, pero, ante todo los procesos sostenidos de edu-comunicación conjunta entre autoridades, científicos, academia, medios de comunicación y población son la manera de afrontar las amenazas y saber de qué modo actuar para prevenir los desastres y las catástrofes, que, dicho sea de paso, no son naturales.
Los fenómenos naturales se seguirán presentando por lo que resulta imperativo que se desarrollen políticas públicas integrales, que las autoridades y la población tengan claro que la edu-comunicación participativa en materia de riesgos es una construcción social que debe ser implementada de manera constante y no únicamente cuando la naturaleza nos lo recuerda.
La opinión de María Eugenia Molina




