OPINIÓN

¡Atrévanse a mirar el machismo que llevan dentro! | Opinión

Por: Tamara Idrobo, activista feminista

Hagamos público y político lo personal en un esfuerzo más, desde #MiFeminismo, de señalar, explicar, mostrar, informar y educar sobre las #ViolenciasDeGénero y sobre lo que son y cómo funcionan.

Porque no es exageración el reaccionar por el hartazgo de ser minimizadas, infantilizadas y menospreciadas cada vez que las mujeres con opiniones -y que disputamos espacios- tenemos que lidiar, enfrentar, pero YA NO aguantar, ni mucho menos ignorar.

En las redes sociales y fuera de ellas, existimos mujeres feministas que estamos constantemente siendo atacadas por campañas de desprestigio con hostigamientos llenos de violencias y de discursos de odio en contra de nosotras y de nuestras identidades: nacionalidades, orientación sexual, estado migratorio, etc.

Son campañas de menosprecio no solo a nuestras opiniones. Se meten sobre todo con nuestra feminidad, apariencia, cuerpo, afectos y en resumidas cuentas, con todo aquello que puedan usar para minimizar nuestras existencias, presencias y sobre todo: nuestras voces y opiniones.

Los ataques, que además incluyen burlas y comentarios de condescendencia hacia nosotras, buscan minar nuestra auto estima y nuestro amor propio para que lleguemos a dudar de lo que somos, de lo que decimos y de todo aquello que hacemos y estamos haciendo para NO ceder más, y para seguir interpelando los espacios donde llegamos y ya NO nos vamos.

Y es que el trabajo por enfrentar y erradicar estas violencias no solo atraviesa que nosotras no cedamos, sino especialmente, requiere que los hombres, amigos y compañeros SE HAGAN CARGO de lo que les toca y les corresponde.

Sobre todo si se hacen llamar aliados y se sienten comprometidos y dispuestos a enfrentar a las violencias hacia las mujeres vengan de donde vengan.

Pero, para esto deben aprender y comprender cómo funciona el sistema patriarcal del que ellos tanto se benefician y que hace que desde los machismos inherentes en ellos exista ese silencio cómplice que no sólo que incomoda. Sino que violenta y lastima cualquier esfuerzo por enfrentar a las violencias y a los machismos.

Uno de esos actos y comportamientos cómodos para ellos, pero bastante incómodos y hasta irrespetuosos con los esfuerzos que hasta ellos mismos hacen, es el evitar confrontar a sus colegas, amigos, panas y hasta conocidos de forma pública (y también privada) cuando están violentando a una mujer. Sobre todo si es una de sus amigas, colegas y/o compañeras.

Cuando un hombre guarda silencio frente a los comportamientos violentos (descritos y definidos arriba) de otro hombre, él explícitamente está cuidando, protegiendo y alimentando la impunidad de esas violencias. Además, claro está, el de proteger el ego masculino propio y el de los otros.

Acto que en realidad es una muestra clara de la fragilidad y temeridad que ellos pueden sentir al pensar en la reputación propia y en la de su congénere, y no en la de la mujer que está siendo atacada.

Los hombres, amigos, compañeros y colegas comprometidos con nuestras luchas por erradicar a las violencias hacia nosotras, deben comprender que no solo se requiere definir y visibilizar a las violencias.

Ellos, -ustedes que me leen- deben reaccionar, responder y asumir que el no hacerlo es perennizarlas y es además, permitir que se sigan ejerciendo impunemente.

Incomodarse y atreverse a hacerlo es lo que requerimos quienes estamos exponiéndonos constantemente en esta lucha por transformar sociedades violentas.

Ellos, -ustedes- deben saber y comprender que si es que no asumen su parte y de una vez por todas dejan de callar y de evitar los necesarios confrontamientos, nada, absolutamente NADA de lo que intentemos, hagamos y hasta logremos las mujeres en esta lucha, será si ustedes no asumen también esa parte imperante y esencial en esta transformación.

¡Vamos, que sí es posible! Solo atrévanse a incomodarse asumiendo su propio machismo y el beneficio que su ego recibe mientras se mantienen en silencio perennizando a las violencias.

La opinión de Tamara Idrobo

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