En los patios escolares, donde deberían sonar solo risas, muchas veces se escuchan gritos, burlas y empujones. Según Mayra Proaño, licenciada en Psicología Educativa y profesional del Departamento de Consejería Estudiantil (DECE) de la Unidad Educativa Sebastián de Benalcázar, estos comportamientos no son simples travesuras: son las primeras señales de violencia de género.
“En la convivencia escolar observamos violencia física y psicológica entre pares”, explica. “El contexto educativo nos permite identificar cómo los niños y niñas reproducen comportamientos que ven en casa o en la sociedad. Es ahí donde podemos intervenir para prevenir”.
Esas formas de maltrato que no siempre dejan huella visible, pueden aparecer desde la infancia. Por eso, añade Proaño, la escuela se convierte en un espacio clave para enseñar respeto, empatía y autocuidado.
La Ruta Participativa: prevenir jugando
En ese camino preventivo, la Unidad Educativa Sebastián de Benalcázar fue parte de la Ruta Participativa, una metodología impulsada por la cooperación alemana (GIZ), que promueve la reflexión sobre la violencia de género desde la infancia a través del juego y la creatividad.
“Nos enamoramos de esta metodología”, cuenta Proaño. “Es lúdica, interactiva y nos permite llegar a los niños de una forma muy natural. A través de estaciones temáticas, ellos aprenden a identificar tipos de violencia, a reconocer sus derechos y a comprender qué situaciones no deben normalizar”.
Las actividades incluyen dinámicas de expresión, dibujo y dramatización. En una de las estaciones más simbólicas, llamada “Eres valioso, eres valiosa”, los niños abren un cofre esperando encontrar joyas. “Cuando descubren que el tesoro son ellos mismos, ocurre algo mágico: comprenden que valen mucho y que nadie debe hacerles daño”, recuerda emocionada la psicóloga.
Ese momento, asegura, marca un antes y un después: “Una niña nos dijo: ‘Voy a decirle a mi mamá que no me pegue, porque yo valgo mucho’. Ahí entendimos el poder del amor propio como herramienta de prevención”.
“Pedir ayuda no es debilidad, es valentía”
El trabajo del DECE no se queda en las dinámicas. Cuando un niño o niña logra reconocer que vive o presencia una situación de violencia, el equipo activa protocolos de atención establecidos a nivel nacional.
“Cada caso se reporta en una ficha y se notifica a las instancias correspondientes, como la Junta de Protección de Derechos o Fiscalía, dependiendo de la gravedad”, explica Proaño. “Nuestro deber es garantizar que el niño reciba apoyo psicológico y que se activen las medidas de protección”.
La clave, dice, está en enseñarles que hablar es el primer paso para sanar. “Les decimos siempre que pedir ayuda no los hace débiles. Al contrario, es una muestra de fortaleza y conciencia. Queremos que aprendan a decir: ‘¡Alto! Esto no está bien’. Que sepan identificar la violencia y no callarla”.
Amor propio: el antídoto más poderoso
Proaño insiste en que ninguna estrategia preventiva funciona si no se trabaja en la autoestima. “El amor propio es el segundo apellido de quienes acompañamos a la niñez”, dice con convicción. “Si logramos que los niños se reconozcan valiosos, sabrán poner límites y no permitirán que nadie cruce su espacio personal”.
Este enfoque busca que los niños se conviertan en agentes de cambio dentro de sus familias y comunidades. “Cuando un niño aprende a defender sus derechos, enseña también a su hermano, a su primo, a su amiga. Se crea una cadena positiva que rompe con generaciones de violencia”.
Educar para un futuro sin miedo
Hablar de violencia de género desde la infancia no es anticiparse demasiado, es prevenir desde la raíz. La experiencia de la Ruta Participativa demuestra que los niños no solo entienden el mensaje, sino que lo transforman en acción.
“El reto está en seguir trabajando desde el juego, el diálogo y la escucha”, concluye Proaño. “Cada vez que un niño levanta su voz y dice ‘no más’, estamos un paso más cerca de una sociedad donde el respeto sea la norma y no la excepción”.
Dato para reflexionar:
En Ecuador, 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia de género, según la Encuesta Nacional sobre Relaciones Familiares y Violencia de Género del INEC. La prevención, afirma Proaño, debe empezar en los primeros años de vida, cuando aún es posible enseñar que amar jamás debe doler.




