Por: David Tapia, Abogado, politólogo y gestor público
¿Por qué escribo? ¿Por qué trato de marcar la diferencia? ¿Por qué me incomodo?
Durante algún tiempo, desde que decidí emprender este duro pero hermoso camino, muchas personas me han hecho la misma pregunta: ¿por qué hago todo esto?
La respuesta es sencilla: decidí estudiar, analizar y proponer soluciones desde el derecho, la ciencia política, la administración pública y la sociología. Busco aportar aquello que nos hace falta para salir del fango en el que nos encontramos. Al igual que miles de ecuatorianos, he sufrido el impacto de la desigualdad, la falta de oportunidades, la corrupción, la delincuencia y, sobre todo, la pérdida del optimismo.
Uno de los problemas más graves que he detectado en nuestro país es el hiperpresidencialismo. Pero, ¿qué es realmente? Es la conducta de un gobernante que asume el poder con atribuciones prácticamente ilimitadas, ejerciendo un mandato de corte absolutista. Todos sabemos el peligro que representa entregarle todo el poder a un solo individuo; lamentablemente, esto es lo que han perpetuado las constituciones del Ecuador desde el retorno a la democracia en 1979, tras la dictadura militar y el triunvirato.
En el Ecuador, el hiperpresidencialismo no es un fenómeno fortuito, sino el resultado de un diseño institucional que le otorga al Ejecutivo una profunda asimetría de poder frente a las demás funciones del Estado. Al concentrar las funciones de Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Comandante de las Fuerzas Armadas, la figura presidencial opera sin contrapesos reales de igual jerarquía.
Este desequilibrio se profundiza mediante el uso de facultades normativas extraordinarias —como los decretos de urgencia económica, la iniciativa legislativa exclusiva y los estados de excepción—, sumado al control directo sobre la caja fiscal. En la práctica, esto permite al Ejecutivo incidir en los mecanismos de selección de organismos clave de control como la Contraloría General del Estado, la Fiscalía General y el Consejo Nacional Electoral (CNE), erosionando la separación de poderes y neutralizando la rendición de cuentas.
Para comprenderlo de forma sencilla, imaginemos un partido de fútbol:
En un juego justo (democracia con contrapesos):
El presidente: Es el delantero que corre para meter goles (ejecutar obras y políticas públicas).
El Árbitro (Fiscalía y Jueces): Cobra las faltas si alguien hace trampa.
El VAR (Contraloría): Revisa que los recursos se usen adecuadamente.
En el hiperpresidencialismo:
El presidente: Entra a la cancha a jugar… ¡pero se adueña del silbato, saca las tarjetas rojas y maneja el VAR a su conveniencia!
¿Por qué las potencias mundiales evitan el hiperpresidencialismo?
Si observamos a los países desarrollados y prósperos, descubriremos una lección clave: ninguna potencia mundial deposita el destino de su nación en el poder absoluto de un solo individuo. La clave de su estabilidad, crecimiento económico e institucionalidad radica en sistemas de gobierno donde el poder está fragmentado, fiscalizado y sujeto a contrapesos reales.
Veamos cómo lo resuelven otros modelos de éxito en el mundo:
- España (Monarquía Parlamentaria): El Jefe de Estado (el Rey) cumple una función arbitral e institucional sin poder político decisorio, mientras que la jefatura de Gobierno recae en el Presidente del Gobierno. Sin embargo, este último depende totalmente del Parlamento (el Congreso de los Diputados). Si el Ejecutivo pierde la mayoría o abusa de su posición, el Parlamento puede removerlo mediante una moción de censura. El centro de la vida política es el debate legislativo y los consensos, no la voluntad unipersonal.
- Francia (Sistema Semipresidencial): Aunque cuenta con la figura de un Presidente fuerte como jefe de Estado, el sistema francés impide el hiperpresidencialismo ciego mediante la división del Ejecutivo. El Presidente debe compartir la administración pública con un Primer Ministro que responde ante la Asamblea Nacional. Cuando la mayoría parlamentaria pertenece a una tendencia política distinta a la del Presidente, se activa la cohabitación: el Presidente se enfoca en defensa y política exterior, mientras la gestión interna queda en manos del gobierno parlamentario.
- Singapur (República Parlamentaria): Reconocido mundialmente por su acelerado desarrollo y la altísima eficiencia de su administración pública, Singapur sustenta su modelo en una república parlamentaria. Existe una separación clara entre la Jefatura de Estado (presidencia ceremonial) y la Jefatura de Gobierno (Primer Ministro). Su éxito no reside en el caudillismo, sino en una burocracia meritocrática, reglas de juego predecibles y un control legislativo riguroso que garantiza la continuidad del Estado por encima de personalismos.
Conclusión: Instituciones fuertes, no hombres todopoderosos
La experiencia internacional lo demuestra: las naciones prósperas se construyen sobre instituciones sólidas, no sobre “salvadores de la patria”.
Mientras en el Ecuador mantengamos un diseño institucional que premie la concentración del poder y permita que un solo jugador controle la cancha, las reglas y el arbitraje, seguiremos atrapados en la inestabilidad política, la corrupción y la falta de oportunidades. El camino verdadero hacia el progreso exige reformar el Estado para devolverle el equilibrio a las instituciones, garantizar la independencia judicial y entender que nadie debe estar por encima de la ley.




