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El poder de volver a creer | Opinión

El poder de volver a creer | Opinión

Por: Tatiana Sonnenholzner, especialista en comunicación digital

Hay quienes desconfían de los textos escritos en primera persona. A mí me parece la única forma honesta de escribir una columna de opinión. No se puede plantear un juicio desde el criterio ajeno. Se opina desde lo que se vive, desde lo que se pierde, desde lo que se ha visto de cerca y también desde lo que se entendió estando lejos.

Por eso empiezo con una confesión: volví porque estoy emocionada por todo lo que Quito tiene y por todo lo que puede llegar a ser.

Sí, cambié Suiza por Ecuador. Sí, en este momento. Sí, sabiendo perfectamente el país que tenemos. Y no, no lo digo desde la ingenuidad. Decidir dónde vivir también es un privilegio, y sería deshonesto no reconocer el mío. Pero el privilegio no sirve de mucho si se lo administra únicamente a favor propio. A veces también sirve para moverse con libertad, mirar con más cuidado y apostar con menos miedo por aquello que todavía puede construirse.

Estando afuera entendí algo que aquí, por costumbre o cansancio, se nos olvida: Quito tiene una potencia enorme. No es solo una frase romántica; es una capacidad real. Tiene Andes, clima, historia, patrimonio, arquitectura, gastronomía, naturaleza, cultura y una manera muy propia de entrar en el radar de quienes admiran estas características. Una manera que todavía no terminamos de dimensionar. Por eso, a veces hay que tomar distancia para ver aquello que de cerca está borroso.

Como en el amor de pareja, sentir pasión no significa aplaudir sin criterio. Tampoco significa hacerle propaganda a ninguna administración. Significa valorar lo que se tiene y aportar para ser parte de lo que puede llegar a ser.

Y aunque esté escribiendo en potencial, esto ya es una realidad. Aterricé en agosto de 2025 y, como en este continente parece que el reloj avanza a mayor velocidad, a casi un año de estar aquí soy testigo de que en Quito se busca el desarrollo y se ejecutan acciones para lograrlo.

Por eso les voy a revelar otra verdad: el servicio público, en el deber ser, es una varita mágica que transforma y hace que las ideas de otros aterricen en sueños cumplidos. Esa varita reveló su poder cuando Shakira aterrizó en la ciudad y llenó tres veces el estadio con mayor capacidad de Quito. Más de 55 millones de dólares circulando en la economía local, la cadena productiva activada y, lo más importante, la gente con la moral arriba.

Sentirse como un ser humano cuya única misión es disfrutar; vivir, aunque sea por un corto momento, la sensación de seguridad; no dudar de todos los que están alrededor, como nos hemos acostumbrado a hacer de lunes a domingo cuando el show termina.

Eso no sucedió solo porque un par de locos confiaron en que en esta ciudad se podían hacer tres días de uno de los espectáculos más grandes del país. Sucedió también porque un par de funcionarios municipales y algunos privados decidieron hacer bien las cosas. En esa fusión, con una sola visión, la varita —y la loba— hicieron su magia. O, de forma más explícita: el Alcalde y los empresarios beneficiaron a la ciudad en ese estrechar de manos.

Hubo voluntad y gestión para tener aforos más atractivos; articulación para activar a los actores involucrados y garantizar seguridad y limpieza; inversión en presencia de marca ciudad; y coordinación en cada detalle del evento, antes, durante y después, con la contraparte.

Ahora los resultados ya no se pueden esconder. Yatra, Mon Laferte, Ed Sheeran, la 21K, la Copa Davis y otros eventos, donde se ha visto brillar el solcito de la marca Quito, han dejado en la ciudad millones de dólares, miles de turistas recorriendo y comprando y, sobre todo, muchos ciudadanos con el poder de volver a creer activado.

Quito está fabricando razones para venir, pero también para quedarse y para volver. Y eso, en un país cansado de malas noticias, no es menor. Tampoco es solo poner un letrero en un mundial ni justificar una inversión de miles de dólares con una foto bonita. Es entender que una ciudad puede hacer política pública desde la confianza que despierta, desde la economía que mueve y desde la emoción que devuelve.

Mientras eliminan al Ministerio de Turismo y se decreta un nuevo estado de excepción, Quito parece estar haciendo algo bastante subversivo para estos tiempos: insistir en que la gente salga, camine, compre, cante, ocupe la ciudad y se sienta orgullosa de ella.

Tal vez esa sea la verdadera revolución: que, cuando desde arriba se achica la mirada, desde la ciudad se agranda el horizonte. Y que, mientras algunos confunden gobernar con apagar incendios y poner propaganda, Quito está encendiendo con su luz de América.

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