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EL triunfo del NO o el nacimiento de una noción | Opinión

Por: Galo Betancourt

El triunfo del NO es más que un resultado electoral sorpresivo: es el nacimiento de una nueva noción de ciudadanía y de una forma distinta de expresar el rechazo político en el Ecuador contemporáneo. Durante meses, el país vivió una acumulación silenciosa de malestar que no encontró espacio en las instituciones ni en los medios tradicionales, pero sí en las calles, en las conversaciones de barrio, en conversatorios espontáneos, en las radios comunitarias, en los lives de Instagram, TikTok y YouTube…

Esa ciudadanía dispersa, agobiada por la crisis de la salud, golpeada por la violencia, angustiada por el desempleo y cansada de la prepotencia y la improvisación estatal, comenzó a reconocerse en un lenguaje compartido: la necesidad de visibilizarse y establecer límites. Y en ese proceso, el NO se convirtió en un objetivo simbólico para defender derechos, cuestionar el relato oficial y recuperar la dignidad política del electorado.

Esta forma de rechazo tiene raíces profundas. Se fue gestando en la marcha antiminera y por el agua en Cuenca; en el paro de Ibarra, donde la violencia estatal dejó cicatrices abiertas; en el descontento juvenil que se expresó en espacios virtuales; en los plantones frente a hospitales sin insumos; en las protestas que recorrieron Quito… Desde esos territorios de indignación y esperanza, la ciudadanía aprendió a organizarse sin permisos, a comunicarse sin intermediarios y a multiplicar mensajes en redes sociales desde la creatividad contestataria, la ironía y el criterio propio.

En tanto, la estrategia de comunicación política del Gobierno nunca cambió. Siguió anclada en la puesta en escena, en voceros sin solvencia y en narrativas insólitas que subestimaban al electorado. Frente a ese guion oficial, la campaña del NO logró desmontar cada una de sus piezas: desarmó la mentira de que la Constitución “protege a delincuentes” exigiendo el artículo inexistente; cuestionó, con testimonios y análisis, las implicaciones de abrir la puerta a bases militares estadounidenses en Galápagos o en cualquier otro punto del país; expuso lo absurdo de prometer que “Rambo” o “Robocop” vendrían a salvar al Ecuador.

El lenguaje contestatario y la argumentación se volvieron herramientas de resistencia frente a un discurso estatal que naufragaba entre la prepotencia y la falta de liderazgo.

Por eso, el 4–0 no solo frenó un intento de concentración de poder: dejó una lección duradera. Recordó que los derechos no se transan por bonos, que la Constitución no se reescribe al ritmo de la soberbia ni con ChatGTP y que la democracia se sostiene cuando la oposición asume el lugar que le corresponde. El triunfo del NO demuestra que una ciudadanía despierta es capaz de corregir el rumbo y reclamar, con dignidad, el derecho de escribir su futuro.

Opinión, en Primera Plana

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