Por: María Eugenia Molina, Doctora Ph.D. en Comunicación. Posdoctorado en Política. Consultora, académica.
En las últimas semanas hemos visto algunos videos protagonizados por autoridades del régimen que han sido difundidos mediante sus cuentas de TikTok y otras redes sociales y que se han posicionado en la agenda pública, como el del columpio, el del diccionario o el del museo por parte de la vicepresidenta de la República y para entonces encargada del ministerio de Salud o el del skincare coreano a cargo de la secretaria de Comunicación, por citar algunos, videos que han dado mucho de qué hablar y no precisamente por su originalidad.
Estas piezas han sido criticadas por la desconexión de las autoridades con la realidad de la gente, por el timing en el que fueron difundidas y por la manera en que desaparecieron de sus cuentas, bajadas de las mismas, ignorando todo principio de gestión de la comunicación en eventos de crisis autoinfligida, inclusive hay quienes sostienen que los errores no son tales o para decirlo más claro, son errores intencionales.
En términos comunicacionales son acciones direccionadas como parte de una estrategia que busca llevar el foco de atención mediática y pública hacia esos yerros y así evitar que se hable de los problemas acuciantes que tienen al país en medio de crisis múltiples, lo que pasa con el sistema de salud en donde falta desde lo básico, las altas tasas de homicidios en un Ecuador ensangrentado y al que se le sigue aplicando la receta de estados de excepción y toques de queda, aunque los resultados no muestren mejoría, el fantasma de los apagones, posible subida de pasajes, aranceles que afectan el comercio entre Ecuador y Colombia, por citar algunos.
Aunque María José Pinto e Irene Vélez hayan protagonizado los videos que vimos en redes y con ello puesto en juego dos de los principales activos que deberían cuidar las autoridades y funcionarios: su reputación y su imagen, y así pretendido desviar la atención, hay algo que es claro, los distractores son momentáneos, no pueden ser sostenidos de modo indefinido ni utilizados como cortina para tapar errores de gestión.
Pero hay algo mucho más de fondo por lo cual estos mensajes no lograron lo que posiblemente buscaban quienes elaboraron estos elementos distractores, la gente la está pasando lo bastante mal como para “entretenerse” en temas como los viralizados, de allí que lo que se produjo fue el efecto contrario, disgusto, indignación, enfado, molestia que se fundamentan en el día a día de la población, caída del empleo adecuado, el fantasma de los apagones, de la posible subida de los pasajes, el miedo ante las tasas de delincuencia, dicho en términos comunicacionales, el mensaje incorrecto en el timing incorrecto da como resultado respuesta de rechazo.
En medio de condiciones difíciles, la comunicación gubernamental debe ser pulcra, clara, empática, pero ante todo cumplir con su objetivo, ser un puente entre mandatario y mandantes, claramente estas acciones están lejos de aquello y en tiempos de descontento ciudadano la desconexión de las autoridades no suma, al contrario, resta confianza y certidumbre, elementos capitales de un gobierno que debe demostrar con gestión el compromiso que adquirió con el país.
Finalmente, la comunicación no puede ser reducida a decir, grabar o postear cualquier cosa, es poner en común un mensaje que tenga asidero, es crear un texto que tenga relación con el contexto, es producir sentido, es tener claro que la buena gestión es fundamental para generar buena comunicación y que si el resultado de lo que se comunica representa un claro revés es momento de replantearse la estrategia política y comunicacional, es tener claro que las crisis se controlan con gestión no con más crisis.




