El destacado escritor guayaquileño, Edgar Allan García, falleció a los 67 años tras enfrentar una larga enfermedad. La noticia fue confirmada por su familia este domingo, 27 de julio, a través de redes sociales. Su partida ha generado una ola de mensajes de afecto y reconocimiento por parte de familiares, amigos y representantes del ámbito cultural.
Sus familiares compartieron un emotivo mensaje en su honor: “Edgar no se va, permanece en cada página escrita, en cada lector conmovido, en cada joven al que inspiró. Su palabra fue hogar, espada, puente y refugio. Su legado nos acompaña”.
Una carrera literaria prolífica y comprometida
Edgar Allan García deja tras de sí una vasta producción dedicada principalmente al público infantil y juvenil. Su obra abarca poesía, cuento, narrativa y leyenda, con títulos emblemáticos como Rebululú, Patatús, Cazadores de sueños, Leyendas del Ecuador y Palabrujas.
Su estilo, cercano y lúdico, logró conectar con generaciones de lectores y se convirtió en un referente indispensable para la promoción de la lectura en el país.
El escritor fue parte de los programas oficiales de lectura del sistema educativo ecuatoriano y sus textos se encuentran en bibliotecas escolares de todo el territorio nacional.
Reconocimientos dentro y fuera del país
A lo largo de su trayectoria, García fue merecedor de múltiples galardones, entre ellos el Premio de Literatura Infantil Darío Guevara Mayorga, el Premio Nacional de Narrativa Ismael Pérez Pazmiño y la Bienal de Poesía de Cuenca.
A nivel internacional, recibió el Premio Pablo Neruda en poesía y el Premio Plural en narrativa corta.
Su carrera fue coronada recientemente, el pasado 22 de julio, con el prestigioso Premio Iberoamericano Cervantes Chico 2025, un reconocimiento que celebró su aporte a la literatura infantil y juvenil en la región.
Un legado que trasciende generaciones
Más allá de su obra escrita, Edgar Allan García fue reconocido por su compromiso con la cultura y su incansable labor como formador de nuevos lectores.
Su nombre queda inscrito entre los grandes narradores ecuatorianos contemporáneos y su influencia continuará viva en las aulas, bibliotecas y corazones de quienes crecieron leyendo sus historias.
El país despide no solo a un autor, sino a un educador, un soñador y un incansable defensor de la palabra.




