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La violencia contra las mujeres le cuesta al Ecuador más de 4.600 millones al año: el precio del silencio que empobrece a todos

violencia de género

La violencia contra las mujeres no solo deja heridas físicas y emocionales: también golpea la economía nacional. Según el estudio presentado por el Dr. Arístides Vara, director del Instituto de Investigación de la Facultad de Ciencias Administrativas y Recursos Humanos de la Universidad San Martín de Porres, Ecuador pierde cada año el 4,28% de su Producto Interno Bruto (PIB), más de $4.600 millones, a causa de la violencia de género.

“Cuando una mujer sufre violencia, el impacto no se queda en su casa”, explica Vara. “Se traduce en costos médicos, transporte, ausencias laborales, errores en el trabajo y pérdida de productividad. Pero también en el dolor invisible de una sociedad que se empobrece”.

La violencia genera dos tipos de costos: los directos, que salen del bolsillo de las víctimas para cubrir emergencias, y los de oportunidad, que reflejan todo lo que dejan de ganar. En ambos casos, las mujeres cargan con la mitad de los costos totales, mientras que las empresas asumen más de un tercio.

Las empresas también pierden millones

El estudio, realizado junto a la cooperación alemana (GIZ) y el programa PreviMujer, entrevistó a más de 11.000 trabajadoras y trabajadores del sector privado en Ecuador. Los resultados son alarmantes:

  • 1 de cada 3 trabajadoras ha sido agredida por su pareja en el último año.
  • 1 de cada 3 hombres admite haber ejercido violencia.

Las consecuencias son claras: aumento del ausentismo, la tardanza y el “presentismo” (cuando una persona asiste a trabajar, pero no rinde por distracción o agotamiento). Todo esto se traduce en hasta $1.800 millones perdidos en productividad laboral solo en el sector privado.

“Los agresores también son costosos para las empresas”, enfatiza Vara. “Llegan tarde, cometen errores y hasta usan los recursos de la compañía para hostigar a sus parejas. La violencia no se queda en casa, penetra los muros de toda institución”.

Frente a esto, el especialista plantea una solución clara: invertir en prevención no es un gasto, sino una ganancia. Cita el caso de una empresa transnacional en Perú, que al implementar un programa contra el acoso laboral logró recuperar $1,24 por cada dólar invertido.

La violencia: una fábrica de pobreza estructural

Más allá de los números, la violencia tiene un efecto devastador en los hogares más pobres. “En familias que viven del día a día, una agresión puede ser la diferencia entre comer o no comer”, señala Vara. “La violencia genera inseguridad alimentaria y endeudamiento. Obliga a muchas mujeres a usar el dinero de la comida para pagar una cita médica o reparar un daño físico”.

Esta crisis cotidiana se sostiene, en gran parte, por la red solidaria entre mujeres, quienes se apoyan entre vecinas, familiares y amigas para cuidar hijos o compartir alimentos. “Si no existiera ese soporte, el problema ya habría explotado hace mucho tiempo”, advierte.

Un problema regional y un enemigo del desarrollo

Ecuador ocupa el segundo lugar en violencia contra las mujeres en Sudamérica, solo detrás de Bolivia. Para Vara, esto demuestra que el problema es estructural y regional: “Tenemos culturas muy parecidas, y lamentablemente también compartimos el machismo y la justificación de la violencia”.

Por eso, el investigador llama a entender la violencia como lo que realmente es: “un antagonista crónico del desarrollo”. La paz y la seguridad son la base del crecimiento económico y humano y sin ellas no hay progreso posible. “La violencia destruye la salud, la confianza, la productividad y los sueños”, resume.

Prevenir es invertir en futuro

Finalmente, Vara insiste en que la prevención debe ser una política de Estado y una responsabilidad compartida entre el sector público, el privado y la comunidad. “La violencia ocurre porque se justifica y porque no se castiga”, dice. “Necesitamos sanciones reales y un cambio cultural que enseñe desde la infancia que ningún tipo de agresión es aceptable”.

La escuela, el barrio, las empresas y el Estado tienen un rol común: romper el silencio y desarmar las excusas que perpetúan la violencia. Porque cada golpe no solo hiere a una mujer: hiere a todo un país.

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