ECONOMÍA PORTADA

La violencia le cuesta $1.800 millones anuales a las empresas ecuatorianas

Violencia de género

Hace siete años, el Grupo CID decidió mirar hacia adentro. Lo hizo junto a la GIZ, la Cooperación Alemana, para medir un dato que pocos empresarios se atreven a calcular: cuánto cuesta la violencia de género dentro de una empresa.

El resultado fue alarmante. La violencia —física, psicológica o económica— le cuesta al país cerca de $1.800 millones al año, el equivalente al 10% del Producto Interno Bruto del Ecuador. No se trata solo de un problema social: también es un golpe directo a la productividad y al bienestar laboral.

“Nos dimos cuenta de que no era un problema lejano ni ajeno. Estaba aquí, entre nosotros”, explica Nydian Rodríguez, gerente corporativa de Responsabilidad Social del Grupo CID. Desde ese momento, la empresa emprendió un proceso profundo de transformación para convertirse en un espacio seguro, justo y libre de violencia.

Del diagnóstico a la acción

El camino comenzó con políticas internas claras: protocolos frente a casos de violencia, talleres de capacitación y campañas de sensibilización. El objetivo era romper el silencio y la negación, los principales obstáculos dentro del entorno laboral. “Muchas veces creemos que en nuestro entorno no hay violencia. Pero sí la hay, solo que está enquistada en la cultura”, afirma Rodríguez.

La estrategia del Grupo CID fue integral. Primero, la sensibilización llegó a sus más de mil colaboradores directos y 5.000 indirectos. Luego, se extendió hacia su cadena de valor, clientes y consumidores.

La empresa logró la certificación “Empresa Segura y Libre de Violencia”, auditada por el Ministerio de Trabajo y promovida por la Cámara de la Producción. Este sello garantiza que en sus espacios laborales existen políticas y prácticas efectivas para prevenir la violencia contra las mujeres. Hoy, ese distintivo forma parte de los empaques y la identidad de sus productos.

Creatividad con propósito

Una de las iniciativas más recordadas fue la creación simbólica del medicamento “Desaprendol”, un producto ficticio con un potente mensaje: desaprender conductas violentas. Dentro de la caja, los consumidores encuentran información sobre los tipos de violencia y las rutas de ayuda disponibles. “Queríamos que la gente se pregunte qué hay dentro de esa cajita. Y lo que hay es amor propio, decisión y una nueva conducta”, cuenta Rodríguez.

Además, la empresa desarrolló obras de teatro, materiales de sensibilización y talleres para los hijos de sus trabajadores, demostrando que la prevención empieza desde la infancia.

Empoderar a las mujeres: un ganar-ganar

El programa también ha generado autonomía económica para mujeres sobrevivientes de violencia. Setenta mujeres fueron capacitadas para fortalecer sus emprendimientos; de ellas, el 10% ya forma parte de la cadena de abastecimiento del Grupo CID. “Puede parecer poco, pero para ellas es todo. Hoy son empresarias con independencia económica y proyectos sostenibles”, destaca Rodríguez.

Incluso, los productos con el sello Empresa Segura tuvieron un incremento del 15% al 20% en ventas, lo que demuestra que la responsabilidad social también puede traducirse en rentabilidad.

Alianzas que transforman

El modelo se basa en alianzas público-privadas, que incluyen a instituciones como la Policía Nacional, el Ejército y la Prefectura de Pichincha, con sus centros Warmi de atención a víctimas. Además, el Grupo CID fimó el Pacto por la Igualdad, que busca fomentar espacios laborales equitativos y libres de violencia.

Rodríguez destaca que la disciplina y el acompañamiento técnico de la GIZ fueron clave: “Nos enseñaron a convertir los sueños en datos y los datos en decisiones”.

Un llamado a todas las empresas

La experiencia demuestra que prevenir la violencia no solo salva vidas, también mejora el clima laboral, fortalece la reputación y eleva el valor de una marca. “Cada empresa, sin importar su tamaño, puede hacer algo —afirma Rodríguez—. Existen herramientas gratuitas, cursos y certificaciones accesibles. Lo importante es decidirse a actuar”.

Porque crear espacios libres de violencia no es solo una meta social: es una inversión inteligente, sostenible y profundamente humana.

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