En la primera emisión de En Voz Alta, programa producido por Primera Plana junto a PreviMujer de la cooperación alemana GIZ, se abordó un tema urgente: cómo los estereotipos y roles de género alimentan la violencia en la sociedad. La conversación con Viviana Maldonado, coordinadora de PreviMujer, y Ricardo Rosales, vicepresidente de Ecuador Violencia Cero, dejó una certeza: las violencias nos quitan la ternura y la libertad.
Estereotipos que sostienen la desigualdad
Viviana Maldonado recordó que los estereotipos son prejuicios que asignan papeles rígidos a hombres y mujeres, sin fundamento científico ni racional. “Tanto hombres como mujeres, por supuesto que somos diferentes, pero esas diferencias no pueden ser la base para justificar desigualdades”, señaló.
Estos prejuicios, explica, atraviesan todos los espacios: desde la casa hasta la escuela y el trabajo. Por ejemplo, mientras a un hombre con carácter fuerte se le considera líder, a una mujer en la misma posición se le tilda de “histérica”. Estos sesgos no solo discriminan, también legitiman la violencia.
Un estudio realizado por GIZ y la Universidad San Martín de Porres reveló que 6 de cada 10 estudiantes y docentes justifican la violencia de género basándose en estereotipos tradicionales. La cifra evidencia lo profundo del problema: incluso en espacios académicos, donde se esperaría mayor apertura, persisten creencias que normalizan el maltrato.
La pedagogía de la crueldad
Para Ricardo Rosales, la violencia no es un asunto privado, sino estructural. Retomando el planteamiento de la antropóloga Rita Segato, advirtió que los estereotipos fomentan una “pedagogía de la crueldad”, donde la violencia se normaliza en todos los niveles: familia, escuela, medios de comunicación, salud y economía.
El dato es alarmante: 5 de cada 10 mujeres han sufrido violencia gineco-obstétrica en el sistema de salud, según la encuesta de relaciones de violencia de género de 2019. “Incluso sus cuerpos están siendo violentados”, enfatizó Rosales, mostrando que el problema va más allá de lo doméstico.
La pedagogía de la crueldad también disciplina a los hombres para reprimir emociones. “Cuando a un niño se le dice ‘no llores, sé hombrecito’, se mutila su capacidad de sentir”, explicó Rosales. Esa negación de la ternura refuerza la superioridad emocional sobre las mujeres y perpetúa relaciones desiguales.
Nos roban la libertad
Ambos entrevistados coincidieron en que las violencias nos arrebatan lo más humano. “Nos roban la ternura, la solidaridad, la capacidad de ser personas”, señaló Rosales. Viviana Maldonado añadió: “Nos están robando la libertad de ser como queramos ser”.
Esa pérdida empieza en la infancia, cuando a las niñas se les inculca que no pueden aspirar a lo mismo que los niños, generando dependencia emocional y falta de autoestima. “En América Latina esto cala muy hondo porque se cruza con el mito del amor romántico, que muchas veces perpetúa la subordinación”, explicó Maldonado.
Estrategias para desaprender
El desafío es grande, pero no imposible. Si la pedagogía de la crueldad se aprende, también puede desaprenderse. Desde Ecuador Violencia Cero se han impulsado metodologías participativas como cineforos, teatro-foro y alfabetización mediática. Estos espacios permiten que niños y jóvenes cuestionen lo que ven en películas, música o redes sociales y reconozcan patrones que reproducen violencia.
“Hace poco en Cotacachi fueron los mismos estudiantes quienes cambiaron los guiones de una obra de teatro para mostrar alternativas no violentas. Ese ejercicio de reaprender es clave”, contó Rosales.
Viviana Maldonado, por su parte, destacó que GIZ trabaja junto al Estado y municipios para implementar políticas públicas concretas, capacitar a funcionarios y apoyar la aplicación de la Ley Orgánica Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres de 2018. También impulsan programas en escuelas para desmontar prejuicios desde la primera infancia.
Educar en igualdad
El cambio, señalaron ambos, requiere educar tanto a niñas como a niños en autonomía, autoestima y respeto mutuo. La prevención no puede recaer únicamente en las familias: la escuela, los medios de comunicación y las políticas públicas deben sumarse para que el mensaje no se diluya.
“Si en casa enseñamos a nuestros hijos que llorar es normal, pero en la escuela se burlan de ellos por hacerlo, nuestro esfuerzo se queda en nada”, explicó Rosales. Por eso, los comités de padres y madres también tienen un papel fundamental al exigir cambios en el sistema educativo.
Una tarea de toda la sociedad
Prevenir la violencia de género no es solo responsabilidad de las mujeres ni de una ley en el papel. Es una tarea de toda la sociedad: de los hombres que deben cuestionar la masculinidad hegemónica, de los medios que deben dejar de reproducir estereotipos, y de los Estados que deben garantizar políticas efectivas.
Porque cuando la violencia se normaliza, no solo se pierde justicia. Se pierde algo más profundo: la ternura y la libertad.




