Por: David Tapia, abogado, analista político y estratega electoral
Se vienen muchas reacciones frente a la captura de Nicolás Maduro. Lo más doloroso no es solo el hecho en sí, sino la forma en que seguimos abordándolo con ligereza. Algunos dirán que el imperialismo busca “libertad” a cambio de petróleo; otros afirmarán que Estados Unidos liberó a un pueblo de una dictadura. El debate se polariza rápidamente y se queda en consignas, impidiéndonos un análisis serio, profundo y responsable.
Se habla mucho de las sanciones impuestas por Estados Unidos a Venezuela y de cómo estas habrían contribuido a una situación de pobreza extrema, aun cuando el país posee las mayores reservas de petróleo del mundo. Es cierto que Estados Unidos ha actuado históricamente conforme a sus intereses; la historia política de América Latina lo demuestra con claridad. Negarlo sería ingenuo. Pero también sería irresponsable atribuir toda la tragedia venezolana únicamente a factores externos.
Más allá del conflicto internacional, hay preguntas que no podemos seguir evitando.
¿Cómo explicamos que solo una minoría viva rodeada de lujos en un país con millones de habitantes sumidos en la precariedad? Mujica decía que el vive como las mayorías. Que no puede vivir como las minorías ya que se debe a la gente que voto por el.
¿Cómo normalizamos que el presidente y las élites gobernantes vivan como grandes millonarios mientras la mayoría del pueblo no tiene acceso garantizado a alimentos, medicinas ni servicios básicos?
La crisis venezolana no se explica únicamente desde afuera. Es también el resultado de decisiones internas: de una estructura de poder que concentró la riqueza, debilitó las instituciones, anuló los controles democráticos y rompió el contrato social entre el Estado y la ciudadanía.
Hoy, cerca de ocho millones de venezolanos han tenido que abandonar su país, configurando uno de los mayores éxodos de la historia reciente de América Latina. No se fueron por moda ni por ambición; se fueron porque ya no pudieron más. Muchos han enfrentado xenofobia, discriminación y aislamiento en los países de acogida, cargando no solo una maleta, sino la nostalgia de una vida, una familia y una nación que les fueron arrebatadas.
Más allá de la geopolítica y de las disputas entre potencias, existen millones de personas cuyo corazón sigue latiendo por Venezuela. Personas que sueñan con regresar, que extrañan a sus familias, sus calles y su identidad. Un pueblo que resistió todo lo que pudo, hasta que ya no tuvo fuerzas para seguir resistiendo.
Por eso, este no puede ser el triunfo de un imperialismo ni la imposición de una nueva tutela extranjera, así como tampoco puede ser el retorno de una dictadura bajo otro nombre. Hoy más que nunca debemos estar unidos —pueblos, sociedades civiles y comunidad internacional— para que lo que se le devuelva a Venezuela sea una verdadera libertad: sin imperialismos, sin dictaduras y con soberanía real. Las Naciones Unidas deberían actuar con transparencia no como en otros eventos similares. Todo el mundo debe exigir que se convoque a la Asamblea General de la ONU y e trata los puntos clave para devolver la democracia a Venezuela. Respetan el derecho internacional y la carta de Naciones Unidas.
Reducir esta tragedia a un simple juego de intereses internacionales es desconocer el profundo sufrimiento humano que existe detrás. Venezuela no es solo petróleo, sanciones o discursos ideológicos: es un pueblo que merece dignidad, justicia y la posibilidad concreta de reconstruir su futuro.




