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Ser ecuatoriano hoy: del símbolo a la práctica ciudadana | Opinión

Por: Andrea Velásquez, docente de Marca Personal y Media Training

La semana pasada viví uno de esos instantes que se atesoran para siempre: mi hijo juró la bandera y fue parte del cuadro de honor. Como madre, se me hinchó el corazón; como docente universitaria, me nació una reflexión profunda sobre lo que significa ser ecuatoriano en este momento del país, sobre el valor de los símbolos y la urgencia de vivir la ciudadanía con responsabilidad. El juramento —ese “sí, juro” que compromete la palabra y la conducta, no es un acto ornamental: es una promesa que nos involucra a todos. No solo a los jóvenes que la pronuncian, también a las familias, a la comunidad educativa y a la sociedad que recibe ese compromiso.

Ser ecuatoriano no es únicamente compartir un territorio, una bandera o un himno; es sostener una ética de la convivencia en tiempos complejos. Es creer en el país, no como gesto ingenuo, sino como decisión adulta— y trabajar, desde donde estemos, para que el bien común prevalezca sobre la mezquindad, el odio y la desinformación. Hoy vivimos días de tensión social: un paro nacional que revela malestares profundos y, al mismo tiempo, el riesgo de que el ruido de los extremos silencie a la ciudadanía que quiere soluciones y no más fracturas. Frente a ello, recuperar el sentido cívico no es una nostalgia escolar: es una necesidad democrática.

De los símbolos a las prácticas

La bandera, el escudo, el himno… son símbolos que nos convocan, pero su fuerza depende de nuestras prácticas. ¿De qué sirve emocionarnos con el juramento si luego normalizamos el insulto, toleramos la corrupción “pequeña”, o compartimos rumores que agrietan la confianza? La mejor lección cívica no es la que se dicta; es la que se vive. Y se vive cuando: respetamos la dignidad de quien piensa distinto; exigimos cuentas con firmeza, sin deshumanizar; cumplimos la ley y defendemos que se cumpla para todos; nos informamos con rigor antes de opinar o actuar; elegimos el diálogo como herramienta, no como pose.

Creer en el país es apostar por estas prácticas, incluso cuando duelen, incluso cuando es más fácil rendirse al cinismo. El mérito académico de mi hijo me recuerda que el esfuerzo rinde frutos; la pregunta es si, como adultos, estamos dispuestos a sostener el esfuerzo colectivo que la República nos demanda.

Ciudadanía: derechos, deberes y carácter

Ser ciudadano no es un trámite burocrático ni una etiqueta identitaria. Es una forma de estar en lo público con conciencia y carácter. Implica, por supuesto, derechos a la educación, a la salud, a la libre expresión, a la protesta, pero también deberes: informarse, participar, contribuir, cuidar lo común. La ciudadanía madura reconoce que la protesta es legítima cuando busca corregir injusticias, y que el Estado debe garantizar vías de diálogo y seguridad; también reconoce que la violencia, venga de donde venga, degrada las causas justas y lastima a los más vulnerables.

En tiempos de paro, la tentación de simplificar es grande: “o estás conmigo o estás contra mí”. La ciudadanía crítica resiste esa trampa. Pregunta, contrasta, matiza. Busca comprender las causas del conflicto, las responsabilidades de cada actor y las salidas posibles. Y en ese ejercicio, la comunicación no es un accesorio: es el campo donde se libran batallas de sentido que pueden acercarnos o quebrarnos.

Lo que podemos hacer desde la comunicación

Como comunicadores y como docentes tenemos una responsabilidad doble: practicar y enseñar una comunicación que construya. Propongo, desde la experiencia universitaria y ciudadana, cinco líneas de acción:

  1. Alfabetización mediática e informacional (AMI) en serio.
    No basta con decir “no compartas información falsa”. Hay que enseñar a verificar fuentes, distinguir hechos de opiniones, reconocer sesgos y comprender la economía de la atención. En clase y en casa podemos ejercitar rutinas sencillas: buscar la fuente original, contrastar titulares con el cuerpo de la nota, identificar intereses en juego. Esta gimnasia cognitiva reduce el ruido y mejora la deliberación.
  2. Cultura del diálogo y escucha activa.
    Dialogar no es “tú hablas, yo espero mi turno para responder”; es estar dispuesto a que el argumento del otro nos afecte. La escucha activa con preguntas genuinas, paráfrasis y verificación de entendidos baja la temperatura del conflicto y abre espacio a los acuerdos. Practicarla en aulas, reuniones, foros y redes crea microclimas de confianza que pueden irradiar a lo macro.
  3. Narrativas de futuro compartido.
    Los relatos fatalistas paralizan; los heroicos de “salvadores” nos infantilizan. Necesitamos historias verosímiles de cooperación: comunidades que resuelven problemas concretos, alianzas público-privadas que funcionan, jóvenes que innovan sin dejar a nadie atrás. Contar bien estas historias con datos, rostros y contexto alimenta el imaginario de que sí hay camino.
  4. Ética del desacuerdo en espacios digitales.
    Los medios sociales, a veces, premian el escándalo, pero la República se sostiene en reglas. Criticar sin humillar, discrepar sin destruir, citar correctamente y reconocer errores cuando nos equivocamos son gestos que modelan ciudadanía. Como profesores, debemos evaluar la calidad argumentativa y el respeto en los trabajos y debates, no solo la estética de la presentación.
  5. Incidencia y rendición de cuentas con datos.
    La comunicación no es solo palabra: es evidencia. Mapear problemas locales (basura, transporte, seguridad en rutas escolares), construir indicadores simples y comunicar hallazgos a autoridades y vecinos convierte la queja en propuesta. La universidad puede ser puente metodológico para iniciativas de vigilancia ciudadana en clave colaborativa.

Un “sí, juro” que nos incluye

Cuando mi hijo dijo “sí, juro”, sentí que respondía también por mí: por la madre que lo acompaña, por la profesora que forma a otros jóvenes, por la ciudadana que quiere un Ecuador más justo. Ese “sí” me convoca a ser coherente: a no cansarme de exigir acuerdos, a rechazar la violencia y la desinformación, a tender puentes cuando la polarización rompa los hilos. Me convoca, sobre todo, a recordar que el país no es una abstracción: es la red de afectos, instituciones, calles y montañas donde transcurre nuestra vida.

Creo firmemente en el Ecuador. No porque ignore sus problemas, sino porque he visto en aulas, barrios, comunidades, laboratorios, emprendimientos que hay talento y voluntad. Falta ordenar esfuerzos, premiar lo que funciona, corregir lo que duele y narrarnos con honestidad. La educación y la comunicación, bien orientadas, son palancas para ese cambio.

Compromisos concretos

Para que esta reflexión no se quede en palabras, cierro con un pequeño decálogo de compromisos posibles, al alcance de cualquier ciudadano y especialmente de quienes educamos:

  1. Verificar antes de compartir.
  2. Usar un lenguaje respetuoso, incluso en el desacuerdo.
  3. Participar en espacios comunitarios y deliberativos.
  4. Exigir transparencia con datos, no solo con indignación.
  5. Promover proyectos estudiantiles de impacto local medible.
  6. Reconocer públicamente buenas prácticas (autoridades, vecinos, medios).
  7. Practicar debates reglados en clase y en familia.
  8. Abrir aulas a voces diversas: líderes comunitarios, periodistas, servidores públicos.
  9. Cuidar lo común: desde la basura hasta el patrimonio.
  10. Recordar que el fin es la dignidad humana; los medios, la democracia y la ley.

Libertad de expresión y protección a comunicadores.

El Estado tiene la obligación de garantizar y respetar la labor periodística y de los comunicadores. Las agresiones registradas ayer por parte de efectivos policiales son inadmisibles en una democracia: vulneran el derecho a informar y el derecho de la ciudadanía a estar informada. Proteger a periodistas, incluida su integridad física, sus equipos y su acceso a la coberturano es un favor, es un deber público. Exigimos protocolos claros, investigación y sanción cuando corresponda, así como garantías activas para que la prensa pueda cumplir su función sin hostigamientos ni criminalización.

Ser ecuatoriano hoy es sostener la esperanza con responsabilidad. Es abrazar el orgullo del juramento a la bandera y convertirlo en hábitos cotidianos: estudiar, trabajar, dialogar, construir. No podemos delegar el país: nos toca hacerlo, juntos, desde donde estemos. Si cada quien da lo mejor en la casa, en la escuela, en la universidad, en el barrio, en la empresa, en la función pública, ese “sí, juro” deja de ser rito y se vuelve destino compartido. Y entonces, sí, podremos decir que honramos la bandera no solo en ceremonias, sino en la vida diaria.

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