En un mundo donde la tecnología se ha vuelto una extensión de la vida cotidiana, la alfabetización mediática ya no es un lujo, sino una necesidad urgente. Grace Vásquez, especialista en incidencia y protección de la niñez en ChildFund International Ecuador, explica que el analfabetismo digital no solo implica no saber usar un dispositivo, sino desconocer cómo hacerlo de manera segura, crítica y responsable.
“Hoy la línea entre el mundo real y el digital es tan delgada que muchos adolescentes ya no la distinguen”, señala. En redes sociales construyen amistades, identidades y vínculos emocionales tan significativos como los del entorno físico. Por eso, cuando ocurre acoso digital, el impacto psicológico y físico es tan profundo como si se tratara de una agresión presencial.
El costo invisible del acoso digital
El acoso digital, advierte Vásquez, puede causar ansiedad, depresión, insomnio e incluso intentos de suicidio. “Es una forma de violencia que se multiplica con la viralidad”, explica. Los comentarios hirientes, memes ofensivos o videos manipulados con inteligencia artificial no solo dañan a una persona: se replican en cadena, reforzando una cultura de la burla y la humillación.
ChildFund Ecuador identificó 21 tipos de violencias digitales en su más reciente estudio. Entre las más preocupantes están el grooming —cuando un adulto finge ser menor para manipular o abusar de un niño— y la sextorsión, que ocurre cuando contenido íntimo se comparte sin consentimiento.
El panorama es alarmante: en una encuesta a 1.700 niños y adolescentes, el 3% afirmó haber recibido videos sexuales sin haberlos solicitado y en la mayoría de casos provenían de personas conocidas.
Padres y docentes: la primera línea de defensa
La pandemia intensificó el uso de la tecnología. Según datos de ChildFund, siete de cada 10 niños y adolescentes ecuatorianos tienen acceso a redes sociales o internet, pero solo tres de cada 10 padres saben cómo protegerlos.
“No se trata de ser expertos digitales”, aclara Vásquez. “Lo esencial es crear espacios de diálogo y confianza”.
Las conversaciones cotidianas —preguntar con quién chatean, qué aprendieron en internet o si algo los ha hecho sentir incómodos— pueden prevenir riesgos graves. “Si el adolescente siente que será juzgado, no contará lo que le pasa”, enfatiza.
El Ministerio de Educación, con apoyo de organizaciones como ChildFund, ha incorporado programas de uso seguro de internet, protocolos de prevención de violencia digital y cursos de cultura digital para docentes. Sin embargo, el reto es enorme: Ecuador tiene 16.000 escuelas y más de 4,5 millones de estudiantes.
Redes sociales sin edad para la niñez
Aunque YouTube cuenta con una versión infantil (YouTube Kids), el resto de plataformas —TikTok, Instagram, Facebook o WhatsApp— no están diseñadas para menores de 13 o 14 años. “No existen controles reales para proteger a los niños en estas redes”, advierte Vásquez. TikTok ha intentado introducir opciones de privacidad, pero la viralidad sigue siendo un riesgo difícil de contener.
Por eso, insiste, los adultos deben modelar el buen uso de la tecnología. “Los niños aprenden mirando lo que hacemos. Si nosotros no cuidamos nuestra propia exposición, ellos tampoco lo harán”, afirma. Además, el uso excesivo del internet está generando adicciones y alteraciones en el desarrollo cognitivo y emocional desde edades tempranas.
El desafío de las políticas públicas
Ecuador cuenta con dos políticas clave: la Política Nacional de Ciberseguridad, del Ministerio de Telecomunicaciones, y la Política de Uso Seguro de Internet para Niños, Niñas y Adolescentes, liderada por el Consejo Nacional para la Igualdad Intergeneracional. Ambas buscan crear entornos digitales seguros y articulados entre el Estado, las familias y las escuelas.
Aun así, Vásquez advierte que la brecha digital y la falta de formación crítica siguen siendo profundas. “En muchas escuelas, la enseñanza digital se queda en aprender a usar el teclado o el mouse, sin abordar los riesgos reales que los niños enfrentan en línea”.
La especialista propone que el país invierta más en educación digital integral, con programas que enseñen pensamiento crítico, autocuidado, respeto en línea y empatía. “La alfabetización mediática es una herramienta de protección y libertad”, concluye. “Si no enseñamos a nuestros niños a navegar con criterio, el mundo digital puede convertirse en una selva donde nadie sabe realmente quién está al otro lado de la pantalla”.




