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La violencia psicológica es la más frecuente: la Universidad del Azuay refuerza su modelo para detectarla y frenarla

violencia universidad del azuay

Crear espacios educativos libres de violencia no es solo una aspiración social: es una responsabilidad urgente. Así lo sostiene María Paz Jara, coordinadora del Departamento de Equidad y Género de la Universidad del Azuay (UDA), quien conversó en En Voz Alta sobre los desafíos, avances y aprendizajes en la prevención de la violencia de género en la educación superior. Su mensaje es claro: la violencia afecta a toda la sociedad, no solo a las mujeres, y solo visibilizándola podemos transformarla.

Reconocer la violencia: el primer paso para cambiarla

Para Jara, uno de los mayores obstáculos está en lo más cotidiano: la normalización. “La violencia de género suele minimizarse. La gente cree que no le afecta, que es un asunto privado o de pareja”, explica. Esta negación se convierte en terreno fértil para que los abusos se perpetúen.

Según la experiencia del Departamento de Equidad y Género, la violencia psicológica es la más frecuente y la que más pasa desapercibida. Control, manipulación, humillaciones, chantaje emocional o aislamiento son formas de violencia más comunes de lo que la comunidad imagina, y, sin embargo, suelen confundirse con “problemas de pareja”.

Frente a esto, el primer desafío es cultural: visibilizar que la violencia es estructural, real y que afecta a todo el entorno, no solo a la persona que la padece. Este reconocimiento permite abrir espacios de diálogo, capacitación y psicoeducación, claves para desmontar patrones normalizados por generaciones.

Un modelo universitario que apuesta por la prevención

La Universidad del Azuay creó en 2018 su Departamento de Equidad y Género, un espacio pionero cuyo objetivo es promover una cultura de paz, diálogo y equidad. Para lograrlo, aplican una estrategia integral que combina prevención, formación y atención directa.

Uno de sus mayores hitos es el curso “Universidades Seguras”, desarrollado con el apoyo de la cooperación alemana GIZ. Más que un requisito académico, es una herramienta estructural:
todas y todos los estudiantes de la UDA deben tomarlo como parte de su malla curricular, dentro de la asignatura de antropología. Este curso aborda temas como:

  • ciclo de la violencia,
  • leyes y derechos,
  • intervención en casos de riesgo,
  • nuevas masculinidades,
  • estereotipos de género.

Con este modelo, la universidad se asegura de que desde los primeros ciclos el estudiantado comprenda que la violencia no es un asunto privado, sino social, y que prevenirla comienza por identificarla.

La formación continua también alcanza al personal docente y administrativo mediante talleres y charlas que refuerzan conocimientos. “La prevención requiere constancia. La violencia está tan naturalizada que debemos seguir sensibilizando a todos los niveles”, recalca Jara.

Acompañamiento integral: nadie enfrenta la violencia sola

El departamento no solo educa: también atiende. Cuando una estudiante —o incluso una mujer de la comunidad externa— enfrenta violencia, recibe acompañamiento interdisciplinario: psicológico, jurídico y social.

Esto es clave, porque la mayoría de casos no ocurren dentro del campus, sino en relaciones de pareja o entornos familiares. Por eso, la universidad brinda un seguimiento completo para proteger a la sobreviviente, ayudarle a salir del ciclo de violencia y activar medidas de protección cuando es necesario.

Además, la UDA cuenta con un protocolo inmediato de reacción ante discriminación, acoso o violencia. Ante cualquier vulneración de derechos dentro del campus, la persona afectada puede activarlo y recibe apoyo en cuestión de horas.

Infraestructura pensada para la seguridad

La prevención también está en la arquitectura. La universidad incorporó criterios de seguridad física en su infraestructura:
iluminación adecuada, espacios abiertos, áreas verdes visibles, aulas con paredes de vidrio y puertas transparentes. Todo orientado a evitar zonas oscuras o aisladas que propicien agresiones.

Este enfoque holístico llevó a que la UDA fuera certificada por el programa Pre-Mujer de la GIZ como universidad de cero tolerancia a la violencia. “No significa que la violencia no exista, sino que asumimos la responsabilidad de enfrentarla y transformar nuestro entorno”, afirma Jara.

Transformar la cultura para transformar el futuro

El trabajo es de largo aliento, reconoce la especialista. Implica políticas, educación, recursos, voluntad institucional y constancia. Pero también implica reconocer que la universidad es un reflejo de la sociedad.

Si el país normaliza la violencia, los campus también la reproducen. Por eso, iniciativas como las de la Universidad del Azuay son una muestra de cómo la academia puede convertirse en motor de cambio.

Para Jara, la meta final es simple y profunda:
construir una comunidad donde el respeto sea la base y donde ninguna persona tenga miedo de aprender, ser y crecer.

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