Por: David Tapia, abogado y analista político
El Ecuador atraviesa una de sus más profundas crisis de representatividad y de deterioro democrático. Desde el retorno a la democracia tras la dictadura en 1979, el país no ha logrado consolidar un sistema político sólido capaz de romper definitivamente con la inestabilidad, la corrupción, el avance del crimen organizado y el imperdonable dominio de unos pocos sobre millones de ecuatorianos.
Lamentablemente, hoy observamos con mayor claridad un escenario marcado por el revanchismo político y la falta de madurez para ejercer el poder público con responsabilidad. Se ha perdido, en muchos casos, la vocación de servicio y la capacidad de entender que gobernar implica actuar pensando en el bienestar colectivo, no en intereses personales ni en egos efímeros que terminan profundizando la polarización y la confrontación.
Miro con incertidumbre el futuro de nuestro país. Este mismo país que, pese a todo, sigue de pie gracias a su gente: hombres y mujeres que cada día luchan por salir adelante y reconstruir lo que los distintos gobiernos de turno dejan tras de sí, como pequeños cristales rotos que la sociedad debe volver a recoger.
Hoy parece escasear el honor, la ética, la valentía y la palabra en gran parte de la clase política. Recuerdo cuando era niño y mi madre colocaba las repeticiones de debates electorales de otras épocas, como el de Rodrigo Borja frente a León Febres Cordero. También recuerdo cómo me hablaba del caballerismo político que, en ciertos momentos, podía existir incluso entre adversarios ideológicos, más allá de sus diferencias, errores y matices.
Es cierto que en aquellos tiempos también existían confrontaciones, insultos y episodios lamentables en el antiguo Congreso. Sin embargo, aún se percibía que la política tenía una vocación de construcción y transformación para liderar el país. Aunque también vivíamos una etapa marcada por la inestabilidad, existía al menos la sensación de que la política buscaba un propósito mayor.
Hoy, en cambio, poco o nada parece haber mejorado; en muchos aspectos, la situación ha empeorado. Observamos persecuciones constantes, donde pareciera que se persigue más a adversarios políticos que a criminales. Vemos un gobierno al que incomodan los contrapesos institucionales y que mantiene una confrontación permanente con distintos actores del sistema democrático.
Los hechos que alimentan esta percepción no son aislados. Desde la negativa a reconocer plenamente a la propia vicepresidenta, hasta decisiones de colocarla en una guerra que no es nuestra; desde interpretaciones flexibles de la Constitución cuando conviene al poder, todo ocurre en un contexto donde la independencia de poderes parece cada vez más debilitada.
Al mismo tiempo, observamos una Asamblea Nacional cada vez más distante de las necesidades de la ciudadanía. Un poder judicial cuya independencia genera dudas. Un Consejo Nacional Electoral prorrogado que, lejos de fortalecer la institucionalidad, parece acomodarse a la coyuntura para mantenerse en funciones. Y un Consejo de Participación Ciudadana y Control Social profundamente cuestionado y cada vez más desconectado de la sociedad.
La polarización política ha terminado por desgastar incluso la posibilidad de construir una verdadera tercera vía. Muchas organizaciones políticas más pequeñas, en lugar de promover renovación, formación y debate, terminan replicando las mismas prácticas del sistema que critican. Sin procesos internos sólidos, sin escuelas de formación política y sin propuestas claras, terminan alimentando la misma lógica de confrontación que dicen combatir. En ese contexto, la ciudadanía termina atrapada entre opciones que muchas veces se perciben como la “menos mala” o la “menos peor”, en lugar de verdaderos proyectos de país.
Si como sociedad no somos capaces de revisar nuestras ideas, reconocer nuestros errores y elevar el nivel del debate público, seguiremos atrapados en un ciclo que reproduce más polarización, más desigualdad y, con ello, más inseguridad y más crisis institucional.
El país necesita algo más que discursos de pasado o confrontaciones permanentes. Necesita una nueva cultura política que recupere la ética pública, el respeto institucional y la capacidad de construir acuerdos para el futuro. Porque sin una transformación profunda en la forma de hacer política, el Ecuador seguirá repitiendo la misma historia, solo que cada vez en condiciones más difíciles.




