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Autocuidado y asertividad: el poder silencioso que transforma la vida de las mujeres

Mujer

“Casi todas las mujeres hemos sufrido algún tipo de violencia”, dice Sandra López, coordinadora de la Fundación Gamma (Grupo de Apoyo al Movimiento de Mujeres del Azuay). Y desde esa realidad, explica que el autocuidado no es un lujo, sino una necesidad.

No se trata solo de ir al gimnasio o tomarse un día libre, sino de un proceso permanente de autoconocimiento y reconstrucción de hábitos que permitan reconocer las emociones, transformar los pensamientos y reaccionar de manera más saludable frente a la vida cotidiana.

Durante más de 15 años, la Fundación Gamma ha trabajado con cientos de mujeres que, al mirarse a sí mismas, descubren que muchos de sus comportamientos están marcados por la violencia o la culpa. “El autocuidado es aprender a observar cómo nuestros hábitos fueron construidos, muchas veces, a partir del dolor”, afirma López. Solo desde ese reconocimiento puede surgir una nueva forma de bienestar: una que nace de la conciencia y no de la exigencia.

Asertividad: responder sin miedo

Pero el autocuidado no camina solo. López lo enlaza con la asertividad, esa capacidad de responder de forma adecuada al contexto sin reprimir ni desbordar las emociones. “Una respuesta indignada puede ser asertiva si el contexto lo requiere. Lo importante es que sea la respuesta correcta, no la más bonita”, aclara.

Para las mujeres, ser asertivas sigue siendo un desafío en una sociedad donde frases como “calladita te ves más bonita” aún pesan. Sin embargo, López insiste en que ser asertiva no significa ser sumisa ni agresiva, sino expresarse con claridad, incluso cuando eso incomoda.

La Fundación Gamma impulsa lo que llama terapia social: procesos colectivos donde las mujeres se acompañan a reconocer patrones aprendidos, muchas veces desde la infancia, que hoy ya no les sirven. “El grupo se convierte en espejo: ayuda a identificar cuándo una respuesta nace del miedo y cuándo de la libertad”, dice.

Las barreras del cuidado

Las mujeres, recuerda López, enfrentan una doble carga: la social y la simbólica. “Nos enseñaron a cuidar de todos menos de nosotras”, comenta. Desde servir la comida al final hasta posponer el descanso, el autocuidado se posterga una y otra vez.

Y a esa presión se suma otra más silenciosa: la del cuerpo perfecto. Muchas confunden el autocuidado con alcanzar un estándar estético, cuando en realidad debería centrarse en sentirse bien, no en verse bien. “Esa búsqueda de un modelo impuesto termina enfermándonos”, advierte.

La falta de tiempo también es un obstáculo. En una rutina que comienza antes del amanecer y termina de madrugada, pocas mujeres logran espacios de recreación, silencio o descanso. Y sin esos momentos, la salud mental se resiente.

Redes que sostienen

El autocuidado también es comunitario. “No puede ser solo individual”, enfatiza López. Las instituciones, organizaciones y familias cumplen un rol fundamental para sostener a quienes acompañan procesos de violencia o de salud emocional.

Ella propone instaurar la práctica del autocuidado en los espacios laborales, sobre todo en aquellos donde se atienden casos de violencia. Escuchar dolor ajeno a diario deja huellas. Por eso, cuidar al cuidador es una forma de garantizar que el acompañamiento sea humano y sostenible.

El cambio, añade, debe extenderse a las escuelas. Enseñar a niños y niñas que hombres y mujeres tienen las mismas capacidades y derechos es también una forma de autocuidado social. “Cada transformación individual contribuye al cambio colectivo”, resume.

Respirar: el gesto más simple y más profundo

Entre las herramientas prácticas, López menciona una tan básica como poderosa: la respiración consciente.

“Respirar con atención nos devuelve al presente. La mente tiende a irse al pasado o al futuro, y eso genera ansiedad. Pero la respiración nos ancla”, explica.

No se trata de practicar largos ejercicios, sino de recordar que respiramos todo el tiempo. Basta con detenerse unos segundos, sentir el aire y observar cómo el cuerpo se calma. Ese pequeño gesto, dice, es el inicio del autocuidado.

Porque, al final, cuidarse no es egoísmo, es resistencia. Es un acto político y cotidiano que transforma el modo en que las mujeres se relacionan consigo mismas y con el mundo. Y, como recuerda López, “las mujeres que practican el autocuidado no tienen menos problemas, pero los enfrentan con más claridad, más calma y más amor propio”.

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