El autoestima no es solo un concepto abstracto: viene del griego autos, “uno mismo”, y del latín estima, “valorarse”. Según el Dr. Abel Pérez, psiquiatra de la Clínica pediaCARE, el autoestima define cuánto nos sentimos valiosos y respetados. Su afectación desde la infancia, entre los 4 y 10 años, cuando las niñas y los niños construyen su percepción de sí mismos, puede generar inseguridad y ansiedad que limita la libertad en la vida en pareja. Experiencias de descalificación, comparaciones y devaluaciones tempranas suelen estar en la raíz de la dependencia emocional y del control dentro de las relaciones.
Las personas dependientes necesitan la aprobación constante de su pareja para sentirse valiosas. Por otro lado, quienes ejercen control suelen tener una autoestima dañada y buscan imponer sus decisiones sobre la otra persona, generando rigidez, inflexibilidad y altos niveles de ansiedad. Estos patrones incrementan el riesgo de depresión, trastornos de sueño y conductas autodestructivas en la persona sometida, mientras que quien controla experimenta sufrimiento y una felicidad limitada. Según estudios clínicos, las relaciones desiguales favorecen que quien menos necesita al otro tenga el poder, creando un ciclo dañino difícil de romper.
Señales de alerta temprana
Detectar estas dinámicas a tiempo es clave. Entre las señales de dependencia se encuentran la necesidad constante de aprobación, temor al rechazo y ansiedad ante decisiones propias. En los casos de control, se observan conductas de vigilancia excesiva, uso del GPS y revisiones de dispositivos electrónicos, impulsando pensamientos irracionales sobre infidelidades o traiciones. Estas conductas vulneran derechos fundamentales y pueden generar daño psicológico e incluso físico. Según la literatura internacional, una persona con temperamento melancólico o flemático, más sensible a la devaluación, tiene mayor predisposición a relaciones de dependencia.
El Dr. Pérez explica que las relaciones basadas en apego sano parten de la libertad y el amor, con empatía, respeto y proyectos de vida compartidos. En contraste, las relaciones que nacen de la necesidad son limitantes y destructivas, donde prima la imposición, la falta de confianza y la ausencia de empatía. En estas dinámicas, los vínculos afectivos impiden el desarrollo personal y familiar, afectando incluso a los hijos que crecen en entornos de control y dependencia.
Prevención y fortalecimiento emocional
El primer paso para cambiar estas dinámicas es la conciencia y la aceptación: reconocer la dependencia y asumir responsabilidad por la propia vida. La conexión con el “niño interior” permite identificar patrones de pensamiento disfuncionales desde la infancia y trabajar en ellos con ayuda profesional o con amistades que hayan superado experiencias similares. La empatía hacia uno mismo y la visualización del futuro fomentan decisiones conscientes, fortalecen el autoestima y previenen la dependencia emocional.
La educación emocional y la salud mental son fundamentales para prevenir relaciones de control y dependencia. La familia, como primera sociedad de socialización, influye decisivamente en la construcción de el autoestima de las niñas y niños. Además, políticas de Estado que promuevan igualdad de género, acceso a recreación, salud mental y equidad contribuyen a que las mujeres crezcan seguras y autónomas, reduciendo la vulnerabilidad a relaciones dañinas.
Padres, docentes y amigos juegan un papel vital. Brindar un entorno seguro, de confianza y acompañamiento permite que la persona dependiente exprese su situación y busque apoyo. La exposición social del maltratador, con asesoría adecuada, puede reducir su capacidad de control y proteger a la víctima. Según el Dr. Pérez, sentir que no se está solo es un factor clave para recuperar autonomía, autoestima y capacidad de decisión.




