Por: Andrea Velásquez, Docente de la UTPL
Cuando inicié mis investigaciones sobre jóvenes, comprendí pronto que no se trata únicamente de una categoría etaria. Como señala García Canclini (1995), ser joven no es solo una condición biológica, sino una construcción sociocultural atravesada por consumos, prácticas simbólicas y mediaciones. Desde entonces, mi interés ha estado en entender cómo se configuran estas identidades en el ecosistema digital.
Hace más de una década investigué a los millennials y sus formas de consumo de medios en Ecuador. En ese momento comprendí la utilidad —y también los límites— de las clasificaciones generacionales utilizadas desde la Sociología, el Marketing y la Comunicación: Baby Boomers, Generación X, Y, Z, Alpha. No son etiquetas rígidas, pero sí nos ayudan a observar tendencias culturales y tecnológicas.
Hoy quiero detenerme en la Generación Z. La Generación Z, nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012, es la primera completamente nativa digital. No conocieron un mundo sin internet móvil, medios sociales ni pantallas táctiles. Como hemos analizado en el monográfico Jóvenes y cultura digital las TIC no son para ellos herramientas externas, sino parte constitutiva de su entorno vital.
Una generación más consciente… y más frágil
Diversos estudios muestran que la Generación Z consume menos alcohol que generaciones anteriores (Twenge, 2017; The Economist, 2019). Esta reducción se vincula con mayor conciencia sobre salud física y mental, así como con nuevas formas de socialización mediadas por pantallas. Sin embargo, el mismo entorno digital que les ofrece oportunidades también genera tensiones: sobreexposición, comparación constante, cultura de la inmediatez y una percepción de “presente continuo” donde casi no hay margen para la reflexión, como advertimos en el monográfico de Chasqui, Jóvenes y Cultura Digital.
Me preocupa, por ejemplo, la circulación mediática de fenómenos como los llamados “therians”. Más allá del sensacionalismo noticioso, lo que subyace es una discusión profunda sobre identidad, pertenencia y construcción simbólica en entornos digitales. La pregunta no es si “permitimos demasiado”, sino si estamos comprendiendo adecuadamente los procesos culturales que atraviesan a estos jóvenes.
¿Permisividad o acompañamiento?
Aquí emerge una tensión legítima:¿Hasta dónde ser permisivos? ¿Cómo acompañar sin invadir?¿Cómo fomentar pensamiento crítico en un entorno saturado de información? Desde la educomunicación, la respuesta no es la prohibición, sino la alfabetización mediática e informacional (AMI). Como hemos sostenido en nuestras investigaciones, el problema no es el acceso a la información, sino la competencia crítica para interpretarla Papacharissi y Rubin (2000) ya advertían que la principal motivación del uso de internet es cognitiva: las audiencias buscan información para aprender. Pero si no desarrollamos competencias críticas, el exceso informativo puede derivar en desinformación o manipulación.
Hoy el debate se amplía con la inteligencia artificial. La Generación Z no solo consume contenido, sino que interactúa con algoritmos que moldean su percepción del mundo. La IA no es neutral; responde a intereses económicos y lógicas de plataforma. Por ello insisto, como docente, en que la IA debe utilizarse con criterio propio. No puede sustituir el pensamiento. Como advierte Jenkins (2006) en la cultura participativa, la tecnología amplifica capacidades, pero no reemplaza la responsabilidad ciudadana.
Una generación reservada y estratégica
En mi experiencia reciente durante una gira estudiantil con jóvenes de esta generación, confirmé algo que la literatura ya sugiere: son más estratégicos con su privacidad que los millennials. Publican, sí, pero segmentan. Manejan múltiples cuentas. Diferencian audiencias. No son ingenuos digitales. Son usuarios tácticos.
Cuando hablamos de riesgos comunicacionales, desinformación, polarización, crisis identitarias, la responsabilidad no recae exclusivamente en los jóvenes. Intervienen: Plataformas digitales y sus modelos de negocio, medios de comunicación y sus agendas. sistemas educativos, familias, políticas públicas. Confío en esta generación que tiene sensibilidad social, preocupación ambiental, apertura a la diversidad y una capacidad tecnológica impresionante. Pero también enfrenta contradicciones profundas: hiperconectividad y soledad, exposición y ansiedad, autonomía y dependencia algorítmica.
El reto no es frenarlos, sino orientarlos. No es censurar, sino educar. No es temer, sino comprender como decía Marie Curie.
Porque si algo he aprendido en estos años investigando jóvenes —y siendo madre de uno— es que cada generación sorprende. La diferencia es que hoy los cambios ocurren a la velocidad de un scroll.
Referencias
Aparici, R., & García-Marín, D. (2018). Prosumidores y emirecs. Comunicar, 55.
García Canclini, N. (1995). Consumidores y ciudadanos.
Islas-Carmona, O. (2008). El prosumidor. Palabra Clave, 11.
Jenkins, H. (2006). Convergence Culture.
Rodríguez-Hidalgo, C., Rivera-Rogel, D., & Velásquez Benavides, A. (2018). Las audiencias en el contexto digital. En Tendencias de la Comunicación II. El ecosistema mediático contemporáneo: discusiones sobre audiencias, estrategias de comunicación y resultados (pp. 45–55). Universidad Técnica Particular de Loja.Velásquez Benavides, A., Rodríguez Hidalgo, C., & Suing, A. (2018).
Jóvenes y cultura digital: ¡Siguen los cambios y sin miedos! Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación, (137), 33–37. Papacharissi, Z., & Rubin, A. (2000). Predictors of Internet use. Journal of Broadcasting & Electronic Media, 44.
Twenge, J. (2017). iGen.
We Are Social & Hootsuite (2018). Digital 2018 Global Overview Report.
The Economist (2019). “Generation Z drinks less than previous generations”.




