Por: Héctor Calderón
Las actuaciones del Gobierno y de la Asamblea Nacional no nos dejan de sorprender y, sobre todo, desanimar. La coyuntura actual nos permite describir, cada día, y con pruebas más contundentes, que resultaron ser peores que lo que siempre, han dicho, criticar. Tenemos un gobierno que intenta controlar todos los poderes del Estado. Le ha metido la mano a la justicia para perseguir y generar impunidad; e intenta seguir haciéndolo con la vergonzosa defensa a Mario Godoy.
El presidente Noboa utiliza sus redes sociales para amedrentar a los jueces de la Corte Constitucional o para mentir con cifras que se usan a conveniencia. Y los ministros van por el mismo camino. Se pelean con autoridades locales, culpan a gobiernos de otros países por su ineptitud o intentan, con testaferros, comprar miles de hectáreas en ciudades de la Costa. Y no podemos dejar por fuera a la Asamblea Nacional, la nueva Asamblea que tiene igual o peores costumbres que las o congreso de los 90s. La fiscalización se ha convertido en un show. A diario demuestran su desconocimiento del proceso parlamentario, no se diga de las leyes y la Constitución. Es tan paupérrimo el nivel que su principal vocero es Andrés Castillo. Con eso ya decimos todo.
Y todo esto, que apenas son ejemplos generales, nos explica el por qué no hay medicinas en los hospitales, el por qué la inseguridad está en aumento y el narcotráfico controla el Estado y las calles, el por qué hay un altísimo riesgo de nuevos apagones, o o por qué delincuentes como el negro Willy quedan en libertad en España porque el Ecuador no fue capaz de justificar la necesidad de extradición.
A todo esto, sumemos que no hay presidente y esto es literal. Daniel Noboa no está en el país, no aparece y cuando lo hace, es para atacar, burlarse de alguien o, simplemente, publicar información falsa y dudosa. La ausencia del presidente va más allá de una estrategia política. Su invisibilidad denota falta de liderazgo, sus prolongados silencios generan incertidumbre, sus escasas apariciones públicas transmiten inseguridad, falta de gestión. Y así estamos, sin timón, sin rumbo.
La opinión de Héctor Calderón




