Por: Héctor Calderón
Durante años pensamos que el principal problema de las redes sociales era la cantidad de información que recibíamos. Hoy el problema es mucho más profundo: ya no siempre sabemos si esa información es real. Una fotografía puede haber sido fabricada. Una voz puede no pertenecer a quien aparentemente habla. Un video puede mostrar a un candidato diciendo algo que jamás dijo.
Las campañas políticas ya no se disputan únicamente en plazas, medios de comunicación, debates o recorridos territoriales. También se libran en una arena digital donde bots, algoritmos, inteligencia artificial y campañas de desinformación tienen la capacidad de alterar la percepción de la realidad.
El problema de los bots no es solamente que multipliquen mensajes. Su verdadero poder consiste en fabricar la sensación de mayoría. Cuando cientos o miles de cuentas repiten una misma narrativa, atacan al mismo candidato o posicionan simultáneamente una determinada etiqueta, un ciudadano puede asumir que está observando una opinión social generalizada.
Pero popularidad digital y opinión pública no son necesariamente lo mismo. Una tendencia puede ser orgánica, pero también puede ser impulsada artificialmente. Y mientras más difícil sea distinguir una de otra, menor será la transparencia de una campaña electoral.
A esto se suma un fenómeno todavía más peligroso: las fake news dejaron de ser únicamente textos o fotografías mal editadas. La inteligencia artificial permite hoy producir imágenes, voces y videos altamente convincentes, a bajo costo y en cuestión de minutos. Investigaciones recientes muestran que los deepfakes políticos pueden generar confusión, disminuir la confianza en las noticias y aumentar la desconfianza hacia las instituciones, incluso cuando su capacidad directa para cambiar el voto sigue siendo objeto de debate.
Ese último punto es fundamental. Tal vez una noticia falsa no consiga convencer a todos de una mentira, pero puede conseguir algo igual de grave: que nadie sepa qué creer. Ese es probablemente el mayor peligro de esta nueva era de desinformación. Cuando circulan suficientes contenidos falsos, manipulados o sacados de contexto, el ciudadano comienza a desconfiar no solamente de la mentira, sino también de la verdad. Y entonces aparece una paradoja peligrosa. Si mañana surge un video verdadero que compromete a un candidato, este puede simplemente decir que fue generado con inteligencia artificial. Si aparece una grabación auténtica, alguien puede asegurar que la voz fue clonada. Si una investigación periodística revela algo incómodo, puede ser presentada inmediatamente como parte de una campaña de desinformación.
La tecnología que permite fabricar mentiras también puede convertirse en el argumento perfecto para negar verdades. Esto empieza a alterar las propias reglas de la competencia democrática. Ya no debatimos sobre qué ciudad o qué país queremos. Debatimos sobre qué realidad es verdadera.
A nosotros, como ciudadanos, nos toca adquirir una nueva costumbre democrática: detenernos antes de compartir. Preguntarnos quién publica. Revisar la fuente. Buscar una segunda confirmación. Desconfiar especialmente del contenido diseñado para provocar una reacción emocional inmediata. Porque precisamente ahí encuentra terreno fértil la desinformación.
Estamos entrando en una época en la que saber leer ya no será suficiente. También tendremos que aprender a verificar. La democracia siempre ha dependido de ciudadanos informados. Ahora deberá depender, además, de ciudadanos capaces de distinguir información de manipulación. Porque si perdemos la capacidad de diferenciar lo verdadero de lo falso, las campañas políticas podrán seguir teniendo candidatos, papeletas y urnas; pero habremos perdido algo esencial antes de llegar a votar: la posibilidad de decidir sobre una realidad que todos podamos reconocer como cierta.




