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Tal vez la culpa sea nuestra | Opinión

Tal vez la culpa sea nuestra | Opinión

Por: Andrea Velásquez, docente e investigadora en Comunicación – UTPL

Ahora, cuando nuevamente empezamos a hablar de elecciones y vuelve a aparecer esa conocida polarización entre correístas y noboístas (creo que si hay noboístas), inevitablemente hago un ejercicio de memoria. Intento recapitular lo que hemos vivido durante los últimos veinte años, o al menos durante el tiempo en que he podido ejercer conscientemente mi derecho al voto.

Hay algo que quiero decir desde el inicio: siempre me he sentido en democracia. Con sus errores, sus tensiones y sus profundas diferencias, pero en democracia, esa que implica aceptar que no siempre gana la opción que uno quiere; esa que nos obliga a respetar la decisión de la mayoría y a convivir con ella.

Así llegamos a tener diez años de Revolución Ciudadana. Como país permitimos que ese proyecto político gobernara durante una década y, al haberlo decidido democráticamente, también debemos asumir colectivamente las consecuencias de aquel periodo, las positivas y las negativas. Quienes no creímos en ese proyecto tuvimos que respetar su tiempo y su proceso, porque precisamente de eso se trata la democracia. Después vendrían otros gobiernos, otras elecciones y nuevas decisiones ciudadanas.

Sobre los procesos electorales se ha dicho mucho. Personalmente, la única elección sobre la que todavía conservo dudas es aquella en la que resultó electo Lenín Moreno, por las circunstancias que rodearon el conteo de votos y el recordado episodio de la interrupción del sistema. En los demás procesos, considero que los resultados han sido los que fueron y que corresponde asumirlos: la elección de Guillermo Lasso, las consultas populares y, más recientemente, las dos elecciones que llevaron a Daniel Noboa a la Presidencia. Nos gusten o no los resultados, eso también es democracia.

Lo que vivimos actualmente, desde mi perspectiva, tiene mucho de chuchaqui político. Es la resaca de decisiones acumuladas durante años, de expectativas, promesas, desencantos y también de una polarización que parece impedirnos mirar con distancia lo ocurrido. Hay quienes todavía defienden proyectos políticos casi de manera automática, como si reconocer sus errores significara traicionar aquello en lo que alguna vez creyeron.

El actual Gobierno intenta reparar algunas cosas y toma decisiones sobre otras. Podremos estar de acuerdo o no con ellas; seguramente algunas serán acertadas y otras no. Pero es evidente que existe otro estilo de gobernar y que, más allá de quién ocupe Carondelet, quien gobierne hoy recibe un país atravesado por problemas que no comenzaron ayer.

Me duele profundamente observar hasta qué punto el narcotráfico y el crimen organizado han penetrado nuestra realidad. Y entonces, cada vez que escucho la conocida expresión “la culpa es de…”, me surge una pregunta incómoda: ¿y si parte de la culpa también es nuestra?

Tal vez hemos pasado demasiado tiempo buscando un nombre propio al cual responsabilizar. Correa, Moreno, Lasso, Noboa. Tal vez resulta más sencillo señalar al gobernante de turno que reconocer que durante más de veinte años nosotros también hemos elegido, permitido, respaldado, rechazado, callado o tolerado.

No todos votamos por los mismos candidatos, por supuesto. Pero una democracia no funciona únicamente cuando gana nuestra opción. Como sociedad somos responsables de cuidar nuestras instituciones, exigir a quienes gobiernan, informarnos antes de votar y, sobre todo, aprender de nuestras propias decisiones.

Existe una frase muy repetida que dice que cada pueblo tiene el gobernante que se merece. No sé si siempre sea justa, pero sí creo que cada sociedad termina enfrentando, tarde o temprano, las consecuencias de sus decisiones colectivas y quizá eso es parte de lo que estamos viviendo hoy.

Me preocupan especialmente las nuevas generaciones. Lo digo como académica, investigadora y profesora universitaria, pero sobre todo como madre. Quiero que mi hijo pueda vivir tranquilamente en un país donde su opinión sea respetada; un Ecuador seguro, con oportunidades, donde los jóvenes no tengan que pensar que la única posibilidad de construir un futuro está fuera de sus fronteras.

Quiero un país donde ellos sean protagonistas de un pensamiento verdaderamente crítico y cuando hablo de pensamiento crítico no me refiero a repetir discursos políticos, consignas o tendencias de medios  sociales. Hablo de la capacidad de preguntar, contrastar, cuestionar y decidir con libertad, pero también con los valores que se construyen primero en casa.

La situación que atraviesa Ecuador es compleja. Sería ingenuo negarlo. Pero quizá ya no necesitamos seguir discutiendo únicamente de quién es la culpa. Tal vez necesitamos empezar a preguntarnos qué parte de responsabilidad nos corresponde.

La culpa nos mantiene mirando hacia atrás, buscando a quién señalar. La responsabilidad, en cambio, nos obliga a mirar hacia adelante y preguntarnos qué podemos hacer diferente. Tenemos que aprender de nuestra historia, respetar los procesos democráticos incluso cuando el resultado no nos guste, exigir transparencia a cualquier Gobierno, sin importar su tendencia, y abandonar la idea de que un presidente, un movimiento político o una elección resolverán por sí solos los problemas estructurales del país.

Yo sigo teniendo fe en Ecuador. Creo que, desde el lugar que cada uno ocupa —la universidad, la empresa, la familia, el servicio público, los medios, las comunidades—, tenemos algo que hacer.

Mirar hacia atrás sirve si es para comprender y aprender de nuestros errores. Pero un país no puede construir su futuro mirando permanentemente por el retrovisor. Tal vez la culpa sea nuestra pero, si también es nuestra la responsabilidad, entonces todavía está en nuestras manos cambiar lo que viene.

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