La sociedad ecuatoriana a través del tiempo está llegando a caracterizarse por prácticas que le alejan de la cohesión y del interés común. El miedo al rechazo y el sentirse excluido han desembocado en la búsqueda constante de validación y la priorización de los beneficios particulares desmarcándose del bien colectivo. Una población que compite en demostraciones de vanidad y luchas de ego, han logrado borrar los resquicios de compasión y solidaridad que debería existir en un país que rema en conjunto con un objetivo claro: el bienestar y la voluntad general.
La ambición por llegar a tener más que los otros, el ego ciego de pretender ser más audaz, el narcisismo petulante y arrogante, falto de empatía, caracterizan al actual ecuatoriano. El cual se ha olvidado de vivir en sociedad y evita relacionarse porque no está en sintonía con el alma de la comunidad, puesto que permanece sumergido en la ansiedad social y en el exilio del afecto. El ecuatoriano no comprende la convivencia ciudadana y se ha desvinculado del propósito común “(…) porque la voluntad particular tiende por su naturaleza a las preferencias, y la voluntad general a la igualdad” (Jean-Jacques Rousseau).
En este Ecuador de caos, las personas se enfocan en sus aspiraciones individuales. En la mayoría de los casos el objetivo es sobrevivir. Esto porque se siente relegado de su comunidad, de la cual no espera nada. Toda vez que cuando necesitó ayuda solo encontró soledad e incertidumbre. Eso le causó una crisis íntima en la orfandad social. Porque ahora “el conflicto ya no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad” (Zygmunt Bauman).
Por otro lado, en esta generación del capitalismo del rendimiento, de autoexigencias desmedidas y del deseo por sobresalir, rebasan los límites sanos de una mente equilibrada. La hiperconectividad y el exceso de las redes sociales han creado la ilusión del “yo” como mercancía y espectáculo. “Pero la vanidad se funda siempre en la creencia de que somos objeto de la atención y la aprobación de los demás. (…) Es la vanidad, y no la comodidad o el placer, lo que nos interesa” (Adam Smith).
La egolatría y el querer tener más y más, sirven para satisfacer las necesidades psicológicas de felicidad y éxito. Esto ocurre bajo una comparación social constante que nos separa de las causas compartidas y del bienestar general, porque los lazos interpersonales se han reconfigurado.
¿Qué hacer? Apaga el celular. Regresa a la vida real, sal a la calle y conversa con el vecino. Agrupa al barrio y promueve actividades recreativas. Practica deportes al aire libre. Regresa al campo y disfruta tiempo de calidad con la familia. Fortalece la amistad. Asiste a clubes de lectura. Piensa en comunidad y forma colectivos. Deléitate con el arte. Aprende a detenerte y disfrutar del camino. Vive el presente enfocado y con los cinco sentidos. El reconstruir el tejido social está en nuestras manos y es responsabilidad de todos, es momento de empezar.

