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Lula ganó sin dejar de ser Lula: la lección de 2026 para las izquierdas latinoamericanas | Opinión

Lula ganó sin dejar de ser Lula: la lección de 2026 para las izquierdas latinoamericanas | Opinión

Por: Héctor Calderón

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil deja una lección que va mucho más allá de las fronteras de ese país. Lula no ganó porque abandonó sus principios. Tampoco porque intentó convertirse en otra cosa. Ganó porque entendió que defender ideas históricas como justicia social, inclusión, derechos laborales y reducción de la desigualdad no significa seguir comunicándolas exactamente de la misma manera durante décadas.

Ahí existe una reflexión importante para los movimientos progresistas de América Latina y, particularmente, para Ecuador. La política cambia. La sociedad cambia. Los códigos de comunicación cambian. Los electores cambian. Y quien no entiende esa transformación corre el riesgo de mantener intactos sus principios, pero perder la capacidad de conversar con la sociedad.

La elección brasileña de 2026 no fue cómoda para Lula. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 % de Lula. La diferencia superó los 2,2 millones de votos. Tres semanas después, Lula dio vuelta el resultado. En la segunda vuelta obtuvo aproximadamente 51,8 % de los votos válidos y aseguró un cuarto mandato presidencial. Ese cambio no ocurrió por inercia. Hubo ajustes. La campaña intensificó la movilización territorial. Reforzó el trabajo digital. Buscó movilizar a quienes podían abstenerse. Y habló con sectores donde Lula había perdido terreno.

Entre los electores jóvenes, por ejemplo, Lula pasó de 43 % a 52 % durante las semanas de segunda vuelta. La campaña entendió algo elemental:no basta con tener razón para ganar una elección. También hay que lograr que la gente quiera participar de esa razón.

Quizá esa sea una de las diferencias más importantes. Durante años, buena parte de la política latinoamericana entendió las campañas como un ejercicio para convencer electores. Hoy eso resulta insuficiente. Las campañas exitosas también necesitan movilizar. Movilizar no significa únicamente llevar gente a una manifestación. Significa conseguir que alguien hable contigo, que comparta un mensaje, que defienda una idea, que converse en su casa, que participe en redes y que salga a votar.

La segunda vuelta brasileña estuvo marcada precisamente por un aumento de la movilización política y por una reducción de la abstención respecto de la primera ronda. Esa puede ser una de las grandes lecciones de Brasil:una campaña no puede limitarse a pedir el voto. Tiene que invitar a formar parte de algo.

Existe un error frecuente dentro de muchos movimientos políticos. Pensar que modernizarse significa moderar los principios y ser “tibios”. No necesariamente. Lula volvió a hablar de programas sociales, derechos laborales, reducción de la pobreza y protección de sectores vulnerables. La diferencia estuvo en cómo conectó esos temas con preocupaciones actuales. No solamente habló de ideología. Habló de comida, de empleo, de jubilaciones, de transporte, de oportunidades, de derechos concretos. Ese cambio de lenguaje es importante. Porque las personas no necesariamente se levantan pensando en categorías ideológicas, se levantan pensando en cuánto cuesta la comida, en si tendrán trabajo, en si podrán pagar una deuda, en si sus hijos tendrán oportunidades.

En Ecuador existe un debate recurrente sobre si los movimientos progresistas deberían cambiar sus posiciones para recuperar apoyo electoral. Quizá la pregunta correcta sea otra. ¿Necesitan cambiar sus principios o necesitan cambiar la manera de relacionarse con la sociedad? No es exactamente lo mismo. Una organización puede seguir defendiendo equidad, inclusión, derechos sociales y redistribución, y al mismo tiempo revisar sus liderazgos, sus códigos culturales, su comunicación, sus mecanismos de participación y su capacidad de incorporar nuevas generaciones.

Renovarse no necesariamente significa abandonar una identidad. Puede significar permitir que esa identidad vuelva a conversar con una sociedad distinta.

Otra lección de Brasil es la necesidad de ampliar. En la segunda vuelta, Lula estuvo obligado a buscar nuevos públicos. Ese desafío existe para cualquier movimiento político. Una organización que solamente habla con quienes ya están convencidos puede mantener una identidad muy sólida, pero difícilmente construirá una mayoría.

La política democrática exige escuchar también a quien duda, a quien alguna vez votó por ti y dejó de hacerlo, a quien comparte algunos valores, pero rechaza determinadas prácticas, a quien simplemente no se siente representado.

Quizá ahí esté la principal enseñanza. La política no puede tratar a las personas únicamente como electores que aparecen cada cuatro años. Tiene que tratarlas como protagonistas. La campaña brasileña terminó apostando fuertemente por movilizar a personas que podían quedarse en casa, y esa movilización resultó determinante en una elección que se decidió por pocos puntos.

Eso deja una reflexión que podría servir para movimientos de distintas tradiciones políticas en Ecuador:la gente no quiere solamente escuchar discursos. Quiere sentir que tiene una razón para participar. Ese puede ser uno de los grandes desafíos de la izquierda ecuatoriana. No abandonar sus principios, no renunciar a la justicia social, no esconder sus convicciones, pero volver a hacerlas atractivas, comprensibles, cercanas.

Porque las ideas también envejecen cuando dejamos de encontrar nuevas maneras de contarlas. Y quizá la lección brasileña de 2026 pueda resumirse así: Lula no ganó convirtiéndose en otra persona. Ganó encontrando nuevas maneras de conseguir que más personas quisieran caminar junto a él.

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