El arcoíris no solo está en el cielo

Por Tamara Idrobo

El pasado 28 de junio se conmemoró el día internacional del orgullo LGBTIQ+ cuyo acrónimo está asociado al arcoíris. Cada letra representa diversas realidades de las personas que hacen parte del acrónimo, realidades que, en Ecuador y alrededor del mundo muestran la violencia, marginación y discriminación que las personas LGBTIQ+ vivimos. Desde mi feminismo, yo reparo el orden del acrónimo dando prioridad y visibilidad primero a las letras que representan a mujeres, el acrónimo que yo uso es el LBGTIQ+.

En Ecuador, cerramos el mes de junio del orgullo con las luces del arcoíris alumbrando el Palacio de Carondelet y con la noticia que el gobierno del presidente Guillermo Lasso ha creado la Subsecretaría de la Diversidad. Subsecretaría que buscará proteger y garantizar los derechos de las personas LBGTIQ+. Pero: ¿Cuáles son esos derechos?

Para hablar de esos derechos, primero hay que conocer las realidades que vivimos las personas con identidades y/o orientaciones sexuales diversas. Para comprender la diferencia entre identidad y orientación sexual, debemos definir lo que es el género y como éste se construye socialmente y también, debemos definir lo que es la orientación sexual.

En las sociedades profundamente religiosas y conservadoras como la ecuatoriana, hablar de sexo y de género significa topar los prejuicios construidos sobre conceptos y premisas morales, culturales y religiosas. Yo, en este artículo, tan solo intentaré aportar con información para su conocimiento.

El sexo, en este contexto, no debe entenderse como el acto sexual, sino como la genitalidad y la fisiología del cuerpo de una persona, que le identifica como mujer o como hombre. Las sociedades buscan encasillar a las personas dentro de los dos géneros existentes que son el femenino y el masculino, sobre la base del sexo que sus cuerpos presentan.

Entonces, el género es la construcción social de los roles culturales y sociales que se le asigna a una persona a partir de su sexo. Es decir, el género es esa carga social, moral y cultural de expectativas sobre los roles femenino o masculino que debe cumplir y desempeñar una persona de acuerdo con su sexo. A este sistema de dos géneros es a lo que llamamos sistema binario.

Dentro del sistema binario se construye el sistema heterosexual, que no es más que el dictamen social de que las personas deben seguir una norma establecida para relacionarse afectiva y sexualmente, únicamente con una persona del sexo y género opuesto. Así, dentro del sistema binario y heterosexual, la pareja permitida es la compuesta por Adán y Eva, es decir, por un hombre y una mujer como el único modelo válido de relación.

Cuando el cuerpo, las emociones y los sentimientos de una persona rompen con este sistema binario y heterosexual, se abren brechas para que la diversidad de cuerpos, identidades y afectos encuentren cabida en las sociedades.

Las letras L-G (Lesbianas y Gays) corresponden a orientaciones sexuales que rompen con el concepto de la heteronormatividad, es decir, personas que sienten atracción y que tienen relaciones emocionales, afectivas y sexuales con personas de su mismo género.

La B (Bisexualidad), citando a Luz Elena Aranda activista bisexual mexicana, las personas bisexuales sentimos atracción afectiva y sexual hacia personas de más de un género, no de la misma manera, no al mismo tiempo y no con la misma intensidad.

La letra T (Transexualidad) corresponde a las personas cuyo género que sienten no se alinea con el sexo de sus cuerpos. Las personas transexuales atraviesan procesos de transición corporal, y por ende legal, para conseguir un cuerpo que esté identificado con su género. Los hombres transexuales son personas con sexo de mujeres que atraviesan una transición hasta poder conseguir cuerpos con características masculinas. Las mujeres transexuales son personas con sexo de hombres que atraviesan una transición hasta tener cuerpos con características femeninas. Ciertamente la Transexualidad abarca el binarismo de lo masculino y lo femenino.

Es necesario mencionar que, hay personas que no desean ser enmarcadas en un solo género y que rechazan el binarismo y desean expresarse corporalmente como personas no binarias o de género neutro. Para dar inclusión y visibilidad a esta posibilidad de ser y existir, se hace presente la lucha por el lenguaje inclusivo. Por ejemplo, ‘todos’ abarca lo masculino, ‘todas’ lo femenino, y el ‘todes’ incluye a las personas transexuales o no binarias. En otros idiomas como el inglés, es posible manejar la neutralidad de los artículos al referirse a las personas, pero este no es el caso del castellano. Pese a la resistencia de muchas personas y de la RAE, yo estoy convencida de que algún día no muy lejano, quizás en este mismo siglo, se consiga avalar el uso del lenguaje inclusivo.

Debo mencionar que aquellas personas que nos identificamos con el género asignado al sexo de nuestro cuerpo, nos denominamos personas Cisgénero.

La I (Intersexualidad) abarca cuerpos que no tienen definido un sexo al nacer. Históricamente las personas intersexuales han sido sometidas a intervenciones médicas que mutilan y destruyen sus cuerpos. Estas intervenciones no son consentidas por la persona, ya que se las realizan en edad temprana y se hacen bajo la presión de la sociedad por definir un sexo y así, poder asignar un género al bebé. El activismo Intersexual busca posicionarse en el acrónimo, y en sus luchas está el poder tener corporalidades desde su propia decisión y en su propio tiempo.

La Q (Queer) representa a las personas que no desean enmarcarse en los sistemas binarios, cisgéneros y heterosexuales. Las personas Queer posicionan sus corporalidades y forma de relacionarse afectivamente, desde la comprensión de que son personas y que, por tanto, no existe la necesidad de encajar en una etiqueta.

El + da cabida a que exista la posibilidad de nombrar otras letras que muchas veces no son incluidas en el acrónimo como, por ejemplo: la A de Asexuales (personas que no sienten atracción sexual); y la P de Pansexuales (personas cuya atracción sexual y afectiva se dirige a las personas por su condición de ser personas, y no se limita a ninguna identidad de género u orientación sexual).

Cuando hablamos de derechos humanos de las personas LBGTIQ+ hablamos de que cada persona pueda vivir su vida a plenitud, accediendo a igualdad de oportunidades que les permita educarse, trabajar, enamorarse, relacionarse y construir sus propias familias, independientemente de sus corporalidades e identidades; o independientemente de las corporalidades e identidades de su(s) pareja(s). Las personas LBGTIQ+ buscamos nada más y nada menos que vivir la vida como cada persona merece vivirla. Es decir, accediendo a nuestros derechos humanos y siendo libres de todo tipo de violencias, marginalizaciones y discriminaciones.

Los colores del arcoíris no solo están en el cielo, también los pueden encontrar en los colores de cada bandera del acrónimo que representan las luchas y las realidades de vida de cada persona que, decide nombrarse e identificarse con una o varias letras del LBGTIQ+, acrónimo que está y que estará siempre asociado con el arcoíris.

Mientras vivamos en sociedades que rechazan, odian y violentan a las personas que sentimos, vivimos, tenemos corporalidades, deseos y afectos diversos que están por fuera de los sistemas preestablecidos y que no encajan en las normas establecidas de la heterosexualidad y el binarismo de género, existirá el arcoíris. Desde la visibilidad y el orgullo estaremos luchando constantemente por el derecho que todas, todos y todes tenemos a poder ser, sentir y vivir en libertad y sin miedo.

La próxima vez que miren el cielo y vean un arcoíris recuerden que, alrededor del mundo, hay personas que han perdido la vida por ser y sentir. Y cuando lo vean, tengan presente que, en cada rincón, inclusive más cerca de lo que ustedes puedan imaginarse, existimos personas cuyas vidas están representadas en esos colores.