Por: Tatiana Sonnenholzner, especialista en comunicación digital
Alguna vez estuve en un evento sobre la importancia de velar por los derechos de los niños, niñas y adolescentes, y alguien dijo una frase que me conmovió: “El niño de alguien es el hijo de todos”.
Es un mensaje poderoso que, a primera vista, podría parecer arbitrario ¿Por qué alguien que no decidió reproducirse tendría que velar por la integridad de un ser que no le corresponde? La respuesta es muy sencilla: por su fragilidad e indefensión.
Al vivir en sociedad, las decisiones de unos afectan a los otros. Por eso, es responsabilidad tanto del Estado como de los actores sociales participar activamente en la protección de quienes se encuentran en condiciones de vulnerabilidad.
En un mundo ideal, esto no tendría que explicarse. Pero, si habitáramos en ese mundo, tampoco habría niños, niñas y adolescentes en casas de acogida; ocho de ellos no se habrían escapado de estos espacios y, mucho menos, habrían salido bajo vigilancia gubernamental para continuar desaparecidos algunos de ellos.
Así que no solo es pertinente recordarlo: es necesario y urgente. Porque, si el Gobierno no puede velar por la integridad de la infancia, no puede garantizar nada.
Durante este fin de semana me preguntaba qué hace que un menor termine en un lugar que no es su hogar, lejos del cuidado, el amor, el respeto y la dignidad que sus tutores están obligados a proporcionarle. Sin hablar de lo material, que también es importante. No existe capacidad en mi cerebro que me permita comprenderlo.
Supongo que son las condiciones. Un sistema que odia a las mujeres que quedan embarazadas sin desearlo y no tienen opciones que garanticen su integridad y no corran riesgo de ser judicializadas. Unas políticas públicas que potencian el endurecimiento de penas y las reformas populistas contra los menores infractores. La nula inversión en educación, arte, cultura y alimentación digna. El recorte presupuestario a los gobiernos autónomos para el desarrollo social. Y, en contraste, la inversión en materia gris, armamento y represión.
A esto se suma una sociedad cada vez más desconectada del otro, ya sea por miedo o por quemeimportismo y el resultado: niños afroecuatorianos asesinados en vísperas de Navidad; niñas perdidas en redes de trata y explotación sexual; adolescentes cooptados por el narcotráfico; quinceañeros guardando armas entre peluches y flores, listos para disparar a plena luz del día; y otros ocho niños que escapan de una institución que, se supone, debe garantizarles el bienestar que otros no pudieron darles.
“El niño de alguien es el hijo de todos”.
No aquí. No ahora. No mientras dure este régimen.
Aquí, el hijo de alguien es el desaparecido de un país, el asesinado por un uniformado, el secuestrado por un mafioso o la abandonada por quien nunca tuvo una oportunidad.
Pero, sobre todo, el niño de alguien se convierte en el hijo de nadie cuando a una sociedad todo esto deja de escandalizarle.




