Por: Ricardo Amado Castillo, Consultor Político*
Los resultados electorales de los últimos años nos hablan de una ciudadanía con poca predisposición a darle segundas oportunidades a sus alcaldes, independientemente de los resultados, los informes de cumplimiento de promesas o las encuestas de aprobación de gestión.
La frase popular de “mejor malo conocido que bueno por conocer” parece no aplicar demasiado a Quito. En Quito, los votantes parecieran estar buscando permanentemente un cambio que represente una antítesis en relación con el alcalde de turno y, en algunos casos, también con el presidente de turno.
Barrera y su mirada técnico-ideológica representaban un contraste claro frente al orden sereno, casi apartidista, de Moncayo. El contraste de Rodas frente a Barrera se traducía en una promesa de “desideologización”, acompañada de una oferta de gerencia eficaz. Yunda, a su vez, representaba una antítesis de Rodas en estilo, lenguaje llano y conexión popular. Pabel, por su parte, trajo un contraste que conectaba su serenidad y preparación técnica con la sensación de caos y desorden predominante durante el intervalo Yunda-Guarderas.
La pregunta que cualquier campaña debe responder pasa por entender: ¿Cuál es el estado de ánimo de los quiteños en el eje cambio vs. continuidad? Y esta pregunta, a su vez, trae consigo otras complementarias: ¿Qué quieren continuar? ¿Qué quieren cambiar? ¿Por qué? ¿Qué les gusta y qué no les gusta del estilo del alcalde actual? ¿Qué es lo mejor y lo peor que ha hecho? ¿Qué gana Quito si Pabel continúa? ¿Y qué pierde si Pabel sigue cuatro años más?
Es evidente que la profunda polarización reinante en Ecuador ha repercutido en las elecciones de Quito. Desde Barrera, especialmente, los quiteños ubican, correcta o incorrectamente, a sus alcaldes como fichas de un proyecto nacional: correísta, anticorreísta, etc. Mi hipótesis es que, especialmente en este momento, los electores de Quito pudieran estar valorando una oferta que represente autonomía de los bloques nacionales dominantes. En otras palabras: un proyecto de Quito que solo responda a los quiteños.
El deseo de cambio no responde unidimensionalmente a la valoración que tengamos de un alcalde. Hay muchos ejemplos de alcaldes que, aun bien valorados, enfrentan deseos de cambio por razones diversas que van desde el rechazo que puede generar el proyecto nacional que representan, su estilo de comunicación, su lenguaje, la percepción de que están especialmente enfocados en algunas zonas de la ciudad y, en otros casos, la ausencia de un legado potente que justifique “una nueva oportunidad”. Obviamente, una ciudad como Quito tiene demandas casi infinitas, recursos limitados y una multiplicidad de actores exigiendo que sus demandas sean cumplidas de inmediato.
Otra pregunta por responder pasa por entender bien qué tipo de liderazgo buscan los quiteños. ¿Quieren votar por un gerente técnico con visión de largo plazo o por un vecino que demuestre conocer los problemas del barrio? A veces, estas dos opciones son excluyentes.
Después de varias administraciones que no se reeligieron, sospecho que la ciudad sigue deseando cambio, pero con algún grado de continuidad. Ese, justamente, es el desafío para las campañas, pues hablarles solamente a quienes quieren continuidad absoluta o cambio radical puede ser una trampa ineficiente que solo les hable a los ya convencidos.
La única clave pasa por estudiar bien al electorado. Si Pabel busca la reelección, tiene que explicar muy bien por qué se cree merecedor de una segunda oportunidad, conectando continuidad con algún grado de cambio. Guardando las distancias, Yunda enfrenta el mismo desafío.
El resto de las candidaturas tiene el reto de apropiarse del deseo de cambio y construir esperanza e ilusión sin que se perciba como un nuevo salto al vacío. Quito quiere avanzar, pero sin arrancar desde cero.
*Profesor de Movilización de Bases (Grassroots) y Gerencia de Campañas en la Maestría de
Comunicación Política y Gobernanza Estratégica en The George Washington University (2012-2024).




